El sábado pasado nos despertamos con la noticia de que la guerra había estallado en el Medio Oriente. Según nos decían las agencias de noticias en horas de la mañana Israel y los Estados Unidos habían lanzado misiles y bombardeado Teherán y otras ciudades de Irán.
Mientras transcurría ese día iban llegando las informaciones que daban cuenta del fallecimiento del ayatolá Alí Jameneí, el líder supremo de la República Islámica de Irán, de que en ese mismo suceso habían muerto varios altos oficiales del ejército y la guardia revolucionaria, de instalaciones de misiles destruidas y de edificaciones gubernamentales colapsadas por el poder de fuego que caía sobre diversas ciudades de ese país.Pero, en ese mismo sábado comenzaron a difundirse noticias que revelaban que misiles iraníes habían impactado en varias ciudades de Israel, particularmente en su capital Tel Aviv, así como en Haifa y Jerusalem, y de que estos también golpeaban a veintisiete bases militares de los Estados Unidos establecidas en diversos países de la región, como Bahrein, Catar, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Jordania y Arabia Saudí.
Desde entonces hasta hoy viernes los medios de comunicación y las redes sociales se encuentran saturadas por notas y comunicados que nos informan de lanzamientos de misiles y drones, de daños experimentados por las ciudades, de aviones abatidos, de refinerías atacadas, del número de los caídos y heridos, así como de las declaraciones de los líderes de los países envueltos en el conflicto.
Ahora bien, como en la guerra, lo primero que muere es la verdad, según reza un viejo adagio, es necesario tomar con pinzas las informaciones que se reciben, pues es obvio que cada información responderá a los intereses de quien emite la declaración. Un mismo hecho nos es narrado en versiones contrapuestas, y en esta era de la inteligencia artificial es mucho más difícil poder discernir entre la realidad y la ficción, especialmente en las noticias que nos sirven las redes sociales.
Especular sobre ese conflicto que apenas comienza, y que según ha vaticinado el presidente norteamericano podría tomar unas cuatro a cinco semanas resulta arriesgado, pero lo que sí puede afirmarse es que si la guerra se prolonga el barril del crudo podría sobrepasar los cien dólares, lo que provocaría inflación y una ralentización en el crecimiento global, con pérdidas de poder adquisitivo en el crecimiento del PIB.
El bloqueo del estrecho de Ormuz, por donde circula el 20% del gas y el petróleo del mundo sería catastrófico para la economía mundial, y esa es la razón por la cual el presidente norteamericano ya ha anunciado que los barcos que decidan cruzarlo serán resguardados por buques de guerra y recibirán facilidades para adquirir un seguro de riesgo en los Estados Unidos.
Con apenas unos días de conflicto el precio del crudo ya ha aumentado, y el West Texas, referente para la República Dominicana ya se ha encaramado por encima de los setenta y cinco dólares el barril. El país es importador neto de hidrocarburos y su factura petrolera excede a los 4 mil 500 millones anuales, incluyendo en ella las importaciones de gas natural, GLP, gasolina refinada y petróleo.
El economista Raúl Ovalle declaraba en esta misma semana a este diario que, si el precio promedio de esa canasta aumenta en 10 dólares durante un año completo, la factura energética dominicana podría incrementarse en cerca de 800 millones de dólares, aumento que implicaría mayores requerimientos de divisas para pagar importaciones, todo lo cual podría generar presiones sobre el mercado cambiario.
El momento actual llama a la reflexión y la prudencia. Se espera que la guerra termine cuanto antes, pero sin tropas en el terreno y solo con ataques aéreos es difícil vaticinar una rápida caída del régimen de los ayatolas. Se podría pensar que con la muerte de Alí Jameneí surgirán luchas internas, pero no hay que olvidar que Irán es un régimen teocrático en el cual difícilmente se reproduzca lo sucedido en Venezuela.
Lo que sí es seguro es que a partir de ahora el Medio Oriente entra en una situación de convulsión con un Hezbolá que se ha activado en el Líbano, con el consiguiente bombardeo a ese país por parte de Israel; un Al Qaeda que pueda volver a sus andanzas con sus células terroristas más allá del Golfo; realineamientos con las grandes potencias, o el estallido de un conflicto regional prolongado que conduzca a una crisis mundial.
De ahí la importancia de que se logre una rápida solución. ¿Será posible? Por el momento China es la potencia más perjudicada, pues se abastecía del petróleo venezolano y del iraní. En cambio, Rusia y los Estados Unidos resultan gananciosos. El primero, porque si el precio del petróleo se dispara verá mejorar sustancialmente su economía, y el segundo porque hoy cuenta con sus propios yacimientos y con los de Venezuela.
Aquí, en el país, a la merced de Dios.
