He cambiado el decir: “Busco ser feliz… busco clientes… cuando pase tal cosa seré feliz… estoy enferma” por algo más sencillo, más honesto: “Esto es lo que me toca ahora… estoy encontrando maneras productivas de navegar esta situación… amo quien estoy siendo… estoy sanando”.
No fue una frase bonita para redes, fue un cambio interno. Me di cuenta de que pasaba demasiado tiempo en la “meta”, como si la vida real estuviera siempre aplazada.
Cuando consiga tal cosa, cuando pase tal otra, cuando me sienta mejor. Pero ese “cuando” es una trampa silenciosa: te mantiene siempre corriendo, sin darte cuenta de que ya estás en el camino.
El filósofo Alan Watts lo explicó de una manera hermosa: cuanto más persigues algo, más refuerzas la idea de que no lo tienes. Le llamó “la ley inversa”. Entre más buscas la felicidad, más consciente eres de tu infelicidad. Entre más te esfuerzas por controlar todo, más te das cuenta de lo poco que controlas.
Watts decía que buena parte de nuestro sufrimiento viene de ese impulso constante por mejorar, arreglar, alcanzar. Nos enseñaron que la vida es una lista de metas, y que nuestra valía se mide en función de lo que logramos. Pero lo cierto es que hay días (y etapas enteras) en que no se trata de avanzar, sino de sostenerse con dignidad.
Aceptar no es rendirse. Es entender que lo que duele también enseña. Que incluso en medio del desorden hay algo que se está reacomodando. Cuando cambié mi manera de hablarme, algo se movió. Decir “estoy sanando” en lugar de “estoy enferma” no cambió mágicamente mi realidad, pero sí cambió la forma en que la habitaba. Y ese cambio lo es todo.
La ley inversa no invita a cruzarse de brazos, sino a moverse desde otro lugar: sin ansiedad, sin necesidad de demostrar nada. En el taoísmo a eso le llaman wu wei, acción sin esfuerzo. Es esa manera de vivir en la que dejas de empujar el río y aprendes a flotar.
Quizás la felicidad no se alcanza; se permite. Tal vez no hay que correr detrás de ella, sino reconocerla en medio de lo cotidiano, en esa taza de café que te calma, en la conversación que no esperabas, en la aceptación de lo que hoy toca.
He dejado de buscar tanto. Y paradójicamente, desde que dejé de hacerlo, las cosas han empezado a llegar, me encuentro cada día con ellas.
