Las encuestas y las proyecciones de los analistas políticos más versados a nivel internacional, fallaron en el pronóstico de la posibilidad de un triunfo del presidente Lula en la segunda vuelta de las elecciones de Brasil del pasado domingo. La mayoría de las encuestas proyectaban un empate técnico entre el gobernante y Flávio Bolsonaro, candidato del Partido Liberal, pero siempre apuntaban a que el hijo del presidente Jair Bolsonaro, quedaría en primer lugar. También contra todos los pronósticos, Bolsonaro ganó la primera vuelta de las elecciones de Brasil el 4 de octubre. Para la primera ronda, las encuestas proyectaron una victoria de Lula superior a la de Bolsonaro, pero ocurrió lo contrario.
Lo interesante de la campaña de Lula ocurrió luego de la derrota inesperada. El presidente de Brasil, primero reconoció públicamente que le sorprendió el resultado poco favorable, segundo, se sentó a evaluar las debilidades de su campaña y trabajó para corregir los errores. No se puede dejar de lado el uso desbordado de los recursos del Estado con aumento de los programas sociales para conquistar votantes, pero ese no es el tema central de esta reflexión.
Tres días después de la primera vuelta, el 7 de octubre, el presidente Lula anunció en un inusual video (para su estilo), en sus redes sociales, que había decidido comprar su propio celular.
Según los reportes, el político que ayer cumplió 81 años, hasta ese momento había rechazado rendirse ante las pantallas inteligentes y que su comunicación de telecomunicaciones, se hacía a través de sus asistentes cercanos y su esposa, Juanja. Por eso el paso que dio Lula, se convirtió en notica mundial. Lula logró lo que no muchos políticos alcanzan, vencerse a sí mismo.
El valor del celular de Lula, no es el hecho de que tenga o no el dispositivo, es el mensaje que envía a los votantes, la comunicación directa sin interlocutores, que por muy bien que hagan su trabajo, no transmiten las emociones que se dan en una conversación directa.
