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Entre los vericuetos legales de las diligencias para obtener documentos oficiales o procurar algún servicio en oficinas públicas se sabe cuándo se comienza, pero nunca cuándo se termina, aunque sí cómo se transcurre: en un estado crítico de furia, histeria e impotencia. No obstante, la queja no pasa de ser un desahogo porque, aunque no se quiera, el monopolio que tiene la entidad hace que su utilización sea inevitable e imprescindible su intervención para la entrega de lo que se necesita; mientras tanto, no se sabe a quién acudir para que lo resuelva porque hay una regla no escrita, precisamente, de no resolver, por lo menos al primer intento.

La necesidad por conseguir lo que se busca es inversamente proporcional a la intención del que debe entregarlo porque desconfía de cada solicitud que se le haga y considera capciosa la más inofensiva de las instancias, convirtiéndola en tediosa y exigiendo cualquier nimiedad. Como si fuera adrede, cada vez se le decide agregar más condiciones para alejar la posibilidad de su conclusión, abriendo una encrucijada sin desenlace a la vista. No hay forma de hacer razonar al que sigue una partitura en un concierto de constante negación.

La principal función del llamado a funcionar parecería ser complicar todas las operaciones, de tal manera que aparenta como si se quisiera disuadir al usuario para que deponga sus pretensiones o talvez, ganarle por cansancio para que desista de ellas. Así, le exige certificaciones y constancias que la misma dependencia emitió y debería conservar, pero siempre es más fácil encomendarlo al interesado, que guardar orden de sus propios archivos, porque el que tiene la necesidad lo buscará hasta en el fondo de la tierra.

Es como si las trabas en los organismos estatales estuvieran grabadas con tinta indeleble para no borrar la experiencia traumática en nuestro escaso tiempo y aún más escasa paciencia. Luce como si de ponerlo fácil, hacerlo accesible o simplificarlo haría perder la esencia de ese conjunto de trámites que es menester seguir para algún asunto administrativo.

La burocracia está llamada a prestar orden y agilizar los procedimientos, pero si el sufijo “cracia” significa autoridad o dominio y la parte delantera se parece al nombre de un cuadrúpedo famoso por sus limitaciones intelectuales, ya se puede empezar a entender el verdadero sentido de la palabra, con perdón de ese noble animal.

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