Neuroeducación y desarrollo del cerebro infantil

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La neurociencia refiere que el desarrollo del cerebro humano empieza en la etapa prenatal; ya en la primera infancia el cerebro produce muchas más neuronas y conexiones sinápticas de las que va a llegar, a necesitar, por eso los seis primeros, años, especialmente los tres, “marcan la pauta para el desarrollo de las habilidades y aptitudes para la vida”.
El contexto familiar, escolar, el barrio y la comunidad, son influyentes en la interacción con los genes para el desarrollo temprano y las competencias y éxitos en el crecimiento. En países con grandes brechas en su desarrollo humano, como el nuestro, se debe ofrecer una educación inicial atendiendo a los descubrimientos de la neurociencia; es decir, basada en la neuroeducación.

Se trata de poner en marcha una política de Estado para la educación inicial, conforme al mandato constitucional, obligatoria, gratuita y de calidad, desde los 45 días del nacimiento, dirigida a toda la población, en especial hacia los sectores excluidos y vulnerables.

Impactos tempranos estimulan el cerebro infantil

Para validar el planteamiento, procede hacer uso de la importante entrega bajo el título “Desarrollo infantil temprano: lecciones de los programas no formales”, suscrita por los Drs. Mary Eming Young (MD, DrPH, Coordinadora de Conocimientos sobre el Desarrollo Infantil, Red de Desarrollo Humano, Sector Educación, Banco Mundial) y Gaby Fujimoto-Gómez (PHD, Especialista Senior de Educación, Unidad de Desarrollo Social y Educación, Organización de los Estados Americanos), los cuales en pocas palabras afirman:

“Hace apenas 15 años, los científicos de la neurociencia asumían que ya en el momento del nacimiento del niño, la estructura del cerebro estaba genéticamente determinada. No reconocían que las experiencias en los primeros años de vida tenían un impacto tan decisivo en la arquitectura del cerebro o sobre la naturaleza y alcance de las capacidades del adulto. Actualmente, los investigadores del cerebro están ofreciendo evidencia de que los primeros años de vida, desde la concepción hasta los seis años, especialmente los primeros tres años, marcan la pauta para el desarrollo de las habilidades y aptitudes para la vida. Shore (1997) resume el “nuevo pensamiento” acerca del cerebro de la siguiente forma:

“Viejo pensamiento”,
“Nuevo pensamiento”

El desarrollo del cerebro depende de los genes con los que se nace. El desarrollo del cerebro está determinado por la interacción compleja entre los genes con los que se nace y las experiencias que se viven.

Las experiencias vividas antes de los tres años de edad tienen un impacto limitado en el desarrollo posterior. Las primeras experiencias tienen un impacto decisivo sobre la arquitectura del cerebro y sobre la naturaleza y el alcance de las capacidades del adulto.

Una relación segura entre la persona que cuida el niño, crea un contexto favorable para el desarrollo temprano y el aprendizaje. Las intervenciones tempranas, no sólo crean el contexto, sino que afectan directamente la manera en la que se interconecta el cerebro.

El desarrollo del cerebro es lineal: la capacidad del cerebro para aprender y cambiar crece de forma constante a medida que el niño avanza hacia la edad adulta. El desarrollo del cerebro es no-lineal: existen momentos claves para la adquisición de diferentes tipos de conocimiento y habilidades.

El cerebro del menor de dos años es mucho menos activo que el cerebro de un estudiante de universidad.

Cuando los niños cumplen los tres años, su cerebro es doblemente más activo que el de los adultos. Los niveles de actividad descienden durante la adolescencia. “Además de los hallazgos de la neurociencia -comentan los autores citados-, los investigadores de las ciencias sociales han generado conocimientos valiosos sobre los efectos de las intervenciones tempranas en el posterior comportamiento en la escuela, habilidades para la vida y productividad. La eficacia de las intervenciones tempranas ha sido demostrada y replicada en diversas comunidades en el mundo. Los niños de familias con menos educación formal obtienen mayores beneficios cognitivos de las intervenciones tempranas. Adicionalmente, el efecto de las intervenciones tempranas es duradero. El desarrollo del cerebro durante la infancia y la niñez sigue una tendencia creciente ‘de la base hacia arriba’. Las regiones más regulatorias del cerebro, son las de la base, se desarrollan primero, y las superiores adyacentes y más complejas le siguen en secuencia”.

Los citados autores aseguran que el desarrollo y funcionamiento del cerebro, son “guiados por la experiencia. El cerebro se desarrolla y modifica por si mismo en respuesta a la experiencia. Las neuronas y las conexiones neuronales (sinapsis) cambian dependiendo de la actividad. Para desarrollarse normalmente, cada región requiere tipos específicos de experiencias, enfocados hacia la función específica de la región (ej. Material visual, para organizar el sistema visual). Estos períodos de desarrollo se llaman críticos o sensibles”.

El aprendizaje debe empezar temprano

“Al entrar los niños a la escuela, el desarrollo temprano determinará si tendrán éxito en ésta y en la vida futura. El efecto del aprendizaje en la escuela depende fundamentalmente de la competencia social y emocional desarrollada en los primeros años. El niño social y emocionalmente saludable y preparado para la escuela, es seguro de sí mismo y amigable, lleva buenas relaciones con los demás, persiste ante las tareas desafiantes, posee un buen desarrollo del lenguaje y puede comunicarse bien, escucha instrucciones y está atento. Los resultados de un estudio reciente (Cox, Rimm-Kaufman, y Pianta 2000), 46% de los profesores de preescolares reportaron que la mitad o más de los niños de sus clases tenían problemas específicos en la transición a la escuela”.

Los resultados del descubrimiento de la neurociencia y los estudios relativos a las experiencias sobre estímulos tempranos y educación inicial, ofrecen una excelente oportunidad a los países situados en un estadio de capitalismo tardío y una notoria brecha en su desarrollo, para superar esos desniveles.

Procede verificar estudios sobre cómo la genética y las experiencias con el entorno interactúan para moldear y diseñan el comportamiento del cerebro infantil, por lo que el próximo viernes veremos qué nos dice la Universidad de Harvard..

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