En estos días me tocó vivir una escena que se repite de diferentes formas. Estando en un restaurante, una niña corría desde la mesa donde sus padres estaban y se deslizaba a pocos centímetros de mis pies, como si llegara a 2da base. Esto lo hacía una y otra vez.
Los padres estaban felices; la madre conversaba con una amiga y el padre se deleitaba con su amigo de la pantalla brillante.
El mensaje que le enviaban era claro: “Puedes hacer lo que quieras sin límites”. Entre tantos otros.
Veo también la defensa de algunos padres ante los errores de sus hijos, como cuando pasa algo en la escuela y van a comerse a los profesores y directores. “No te preocupes, tus padres te defienden, aunque no tengas razón”.
Muchos comportamientos de los padres mandan mensajes interesantes. A la belleza o las habilidades, por ejemplo, desarrollando una necesidad de validación externa para sentir su autoestima, lo que la hace frágil.
Entregarles lo que quieran bajo la premisa de: “Le daré a mi hijo lo que a mí no me dieron”, les hace sentir que merecen todo.
Y ni hablar de la falta de empatía con los demás. “Tengo el mejor teléfono y solo acepto en mi grupo a los que lo tienen”. Mientras, envidian a los que no pueden alcanzar.
Los narcisistas tienen rasgos que podemos ver. Según el manual DSM-5, las personas con Trastorno Narcisista de Personalidad cumplen con al menos 5 de las siguientes características:
- Exageran su propia importancia.
- Ignoran normas y a la autoridad.
- Se creen especiales y hasta únicos.
- Procuran la admiración excesiva.
- Falta de empatía.
- Envidian o se creen envidiados.
- Comportamiento arrogante.
No poner límites a nuestros hijos, y hacerlos cumplir, puede llevarlos a desarrollar algunas de estas actitudes. Por otro lado, no enseñarles a vivir los fracasos, dándoles premios que no se merecen o haciéndoles creer que son siempre los mejores, los lleva a sentirse superiores a los demás buscando siempre el protagonismo y despreciando a otros.
