Pinceladas de un tránsito caótico

Persisto en mi teoría de que la forma de conducir, es muestra clara de la estructura de pensamiento de una sociedad. La nuestra exhibe un desordenado y caótico sistema de tránsito con aguda tendencia al desorden, a la desobediencia a las leyes y reglamentos y una marcada inclinación a lo temerario, incluyendo la violación a las leyes naturales. El índice de accidentes de tránsito, en aumento desproporcionado en lo que a conductores de motores se refiere, indica lo riesgoso de conducir vehículos de motor, en el país. La sensación de que el motor cabe “por toa parte”, y la sensación de autosuficiencia en la velocidad, convierte en kamikazes al motorizado que luce caer de cielo y que aparecen a “babor y estribor” de cualquier vehículo que ose competir por espacios en las vías públicas. El criollo carece de cortesía al conducir y en múltiples ocasiones actúa como Chacumbele, que “el mismito se mató” y por no detenerse para el otro pase, se tranca a sí mismo. Parecería decir “primero muerto que dar espacio al otro”. En la carretera a Constanza, hace unos días, en un proceso nocturno de asfaltado, un camión con hormigón asfáltico se averió dando la vuelta para colocarse a vaciar. Obstaculizó la vía dejando un pequeño espacio que permitía pasar a vehículos livianos. Inmediatamente se organizó el paso alternado de unos y otros, hasta que un grupo de 5 desaprensivos decidieron violentar el paso, se encontraron con una fila de frente y allí se detuvo el flujo por 2 horas. En esa peligrosa carretera, suelen transitar choferes muy solidarios, prestando ayuda a quien precisa auxilio y detienen su marcha ante cualquier emergencia a la vista. Es casi una cultura, digna de encomio, distinta a lo que prima en casi todo el país, de indiferencia común. Por un pasajero se cometen las peripecias más absurdas, ante la vista ciega de los agentes de uniforme verde, que pretenden un respeto no ganado de la población. La categoría de “padre de familia” es una clasificación que permite acciones penadas para otros, sin sanción, porque esos agentes verdes temen actuar contra los mismos. Los guagüeros, son clase aparte con patente para atropellar con vehículos armados de tubos agresores, como acorazados de tierra, siempre dispuestos a aplastar. Nada que decir de las temibles voladoras, conducidas con temeraria agresividad por donde existen las rutas de las que son dueños, al margen de los gobiernos cuya autoridad luce detenerse frente a los verdaderos “dueños” del país. El motorista cuya capacidad de equilibrio de circo lo estimula a “calibrar” el vehículo que conduce, se convierte en un torpedo de tierra con dirección de “bucapié” criollo, que nunca se sabe adónde va a parar. Cuántas víctimas ocasionan estos sujetos de mucho equilibrio y escaso cerebro, muy comunes entre “deliverys” urbanos. Se rememora un oficial de la Policía que les quitaba la rueda delantera, por “inútil”.

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