Por esos célebres economistas

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Economistas del Banco Mundial alarman al mundo cuando dicen que la desigualdad es significativamente mayor en los países capitalistas que en los socialistas. Pero se olvidan de aclarar que no es que todo el mundo sea igual en los países socialistas. Más bien hay una pobreza generalizada (o sea muchos igual de pobres) y un grupo pequeño de ricos que a través del poder político tiene acceso a una vida de privilegios.

En la misma onda progresista, Dani Rodrik (catedrático de Harvard) sostiene que el mercado está en contra de los valores sociales, y que por lo tanto, la intervención estatal es imprescindible para proteger a los perdedores. Como si no existiese la cooperación en los mercados. Como si no estuvieran ya suficientemente intervenidos y regulados. Como si los hombres libres fuesen incapaces de ser solidarios.

A los premios nobel, Paul Krugman y Joseph Stiglitz, también les encanta que el Estado intervenga. Ambos entienden que gastando se dinamiza la economía. Están convencidos de que nuestros males se arreglan mágicamente con más gasto público. Como si endeudarse para gastar o aumentar los impuestos a los que trabajan no tuviese ninguna consecuencia negativa.

Son verdaderos eruditos los que respaldan estas ideas. Y como gastar e intervenir es lo que da poder a los políticos, este es el discurso que se compra. Y así hemos llegado donde estamos en tantos países como el nuestro.

Donde ha quedado desterrada la disciplina del ahorro y la austeridad. Donde se desperdicia el dinero del contribuyente, porque lo que vale es gastar en lo que sea. Donde el Estado es cada día más grande e ineficiente. Donde miles de personas cobran sin aportar nada que valga. Donde coexisten grandiosas infraestructuras de hospitales y escuelas que ni curan ni enseñan. Donde a una clase empresarial (la verdadera, no la enchufada al gobierno) se la pretende asfixiar de tal forma que ya no encontrará motivación para seguir. Donde un montón de pobres siguen en la pobreza pero se les duerme con algo de asistencia social. Y donde una clase de gente está cada día más indignada.

Nos hubiera valido más ser insolentes y no hacer caso a los célebres economistas cuyas recomendaciones sirvieron de justificación para que todo esto nos ocurriera.

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