La paz no es solo algo que sentimos, es algo que podemos portar. Al tener a Dios, su paz soberana sobrepasa tu entendimiento, es ese regalo inmerecido que estabiliza el alma para que puedas fluir en esta vida como un verdadero hijo de Dios. Portas esa paz y lo sabes, cuando la transmites en palabras, gestos y presencia. La paz que contenemos se derrama como perfume y se demuestra como afecto, empatía y comprensión. La paz que portamos siempre afectará a otros, calma sus ansiedades, bendice sus escenarios y gobierna sus atmósferas sin imponer. La paz que das revela a quien te la dio, fortalece a quien la recibe y transforma a quien la atesora. Se convierte en un portal cielo-tierra y en un puente conectando almas y sanando corazones. “No la doy como el mundo la da…” (Jesús).
