Russell y el nacimiento de los caudillos

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Recientemente se cumplieron 48 años del fallecimiento de Bertrand Russell (18 de mayo de 1872 — 2 de febrero de 1970), matemático, lógico, filósofo y escritor británico que ganó el premio Nobel de Literatura en 1950, “en reconocimiento de sus variados y significativos escritos en los que ha luchado por los ideales humanitarios y la libertad de pensamiento”.

Russell fue también un destacado activista que defendió los derechos de las mujeres y la libertad sexual a principios del siglo XX. Como pacifista activó contra la primera y la segunda Guerra Mundial, incluso fue a la cárcel por sus ideas. También, se opuso a “Hitler, al estalinismo, a la invasión estadounidense de Vietnam, a las bombas nucleares y a la segregación racial”.

A todo esto Russell se consideraba personalmente un matemático-lógico donde, efectivamente, realizó importantes aportes. Aunque su influencia se extiende a muchas otras áreas.

De su amplia obra transcribiré algunas frases de su libro: “El poder. Un nuevo análisis social”. El cual sorprende por su aparente sencillez y por su lenguaje limpio y transparente, sustentado en amplios conocimientos históricos y científicos. Personalmente, conozco pocos ensayos tan bien escritos sobre un tema tan analizado, como es “El poder”.

Sin dudas Russell era un estilista –por algo le dieron el Nobel-, al leerlo pienso, por la fluidez de la narración, en otro gran libro, sencillo, bien escrito y con una lógica expositiva contundente: “El nuevo desorden mundial”, del “lingüista, filósofo, historiador, crítico y teórico literario de expresión” de Tzvetan Todorov, fallecido hace poco más de un año (7 de febrero de 1917).

Para Russell, “entre los deseos infinitos del hombre, los principales son los deseos de poder y de gloria. No son idénticos, aunque están estrechamente aliados: el primer ministro tiene más poder que gloria, el rey tiene más gloria que poder. Por lo general, sin embargo, el camino más fácil para obtener la gloria es obtener el poder” (p.11).

Obviamente, habría que asociar la gloria al buen nombre, producto de un ejercicio del poder en beneficio de las grandes mayorías nacionales, no necesariamente a una larga presencia en la cúspide del poder político.

Para Russell, “la desigualdad en la distribución del poder ha existido siempre”, siendo una necesidad histórica para tener éxito en la organización y desarrollo social que existan dirigentes, pero muchas veces las desigualdades de poder exceden “ a lo que exigen las causas técnicas”, lo cual “solamente puede ser explicado de acuerdo con la psicología y la fisiología individuales. El carácter de algunos hombres les lleva siempre a mandar, así como el carácter de otros les lleva a obedecer”, (p. 17).

Para el Nobel inglés “el impulso a la sumisión, que es tan real y tan común como el impulso a mandar, tiene sus raíces en el miedo”. Y agrega más adelante: “Cuando sobreviene un grave peligro, el impulso de la mayor parte de los hombres les lleva a buscar una autoridad para someterse a ella” (p. 19).
Ahí nacen los caudillos.

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