Hablando con un joven al terminar de impartir una de mis conferencias me di cuenta que se estaba planteando metas que le frustrarían. No porque no era capaz de alcanzarlas, sino por la forma que las veía.
Conversamos sobre diferentes tópicos y en todos tenía un factor común: eran grandes metas de largo plazo. Lo interesante vino cuando miramos hacia atrás. Había abandonado varios proyectos, como deportes donde pensó llegar a ser profesional.
Su padre había sido muy exitoso y le inculcó lo de tener grandes triunfos. Ambos se habían desilusionado cuando no llegaban. Cuando claudicaba algún proyecto, iniciaba otro de inmediato.
Aunque él no estaba consciente, su autoconfianza había sufrido en ese camino. Y también la confianza de su padre en él.
Ahora su progenitor no quería apoyarlo, y él quería demostrarle que sí puede. No se daba cuenta que es una de sus grandes preocupaciones, pero al conversar me percaté que le queda por detrás ese mal sabor.
Insisto, no es que él no pueda lo que se propone, sino su forma de afrontar esos retos. Todos grandes, de largo plazo… y lo más importante, sin pequeños pasos en el camino.
Cuando le pregunté por su próximo logro me lo explicó… solo ve el final del camino. Al cuestionarlo sobre la posibilidad de no lo lograrlo, me dijo que eso no era opción. “Le demostraré a mi padre que sí soy capaz”.
La autoconfianza sufre cuando no tenemos logros, por lo que pequeños triunfos nos ponen en el mejor camino para alcanzar el gran objetivo.
Nuestra autoconfianza sube cuando vamos teniendo avances, aunque al final no alcancemos el gran reto. Lo importante es ir viendo pequeños triunfos. Como cuando entrenaba para maratones, cada bajada de tiempo me acercaba a mi objetivo. Cada kilómetro aumentado al entrenamiento, me llevaba a creer en el logro por realizar.
¿Puedes revisar si tu autoconfianza está intacta o si por el contrario te estás poniendo techos por no confiar en que alcanzarás un gran logro? Divídelo y lo alcanzarás.
