Esa sensación de que “la masa empuja” sigue presente, mientras quienes alcanzan el poder evitan asumir el costo real de transformar la realidad, lo que genera frustración no solo por la falta de resultados, sino de la percepción de que las élites políticas y económicas prefieren preservar su posición antes que arriesgarla por cambios profundos. Así, aunque avanzan la ciencia, la tecnología y la población, los sistemas de poder conservan la misma lógica, de mantener naciones que se consideran superiores y estructuras que reproducen desigualdades persistentes. El progreso no ha eliminado la ambición imperial ni la jerarquía entre pueblos, que aún siguen marcando el rumbo de nuestras sociedades.
