A pesar del crecimiento que hemos tenido como país, y de los avances en múltiples aspectos, debemos estar conscientes de que no será posible alcanzar los niveles de desarrollo esperados mientras no seamos capaces de lograr que funcionen con satisfacción servicios fundamentales, mantener un continuo seguimiento de los planes hasta lograr su ejecución, de dar el debido mantenimiento a las obras realizadas, de aprender de los errores propios y ajenos para no repetirlos, de atacar los problemas antes de que su resolución se complejice, de aceptar la cuota proporcional de responsabilidad de cada ciudadano en la solución de asuntos colectivos, de comprender que aprobar una ley no basta para remediar una situación, ni mucho menos adoptar modelos importados que no tomen en cuenta nuestras realidades y cultura.

A veces se tiene la impresión de que vivimos en mundos paralelos en los que mientras unos aspiran a alcanzar bonanzas de países primermundistas, otros viven las penurias del subdesarrollo reclamando el cumplimiento de elementos sustanciales como acceso a agua potable, escuelas y caminos asfaltados, y de que nos gustan las propuestas rimbombantes y los megaproyectos, mientras descuidamos las cosas más simples y cotidianas.

Hay muchos índices para medir niveles de desarrollo, de institucionalidad, de costo de la vida, de corrupción, que en base al uso de encuestas y estadísticas producen informaciones sobre el estado de los países, pero hay también señales que permiten a cualquiera comprobarlos o hacer sus propias evaluaciones. Sin lugar a dudas una de ellas es el nivel de higiene y orden que tengan los baños de un establecimiento público, algo tan simple como esto nos permite diferenciar que estamos en un país desarrollado o no, cuando en un aeropuerto, estación de tren, institución pública, escuela, estadio deportivo, museo, etc., podemos acudir a estos confiados de que habrá agua, papel, jabón, pestillos que funcionen y ganchos que permitan colgar las carteras, así como niveles adecuados de limpieza y mecanismos para reportar cuando no lo sean; independientemente de otros factores.

También lo es el grado de cumplimiento con la ley, que fuera de toda sofisticada evaluación, se conoce sencillamente observando como las personas conducen en las vías públicas, y la certidumbre que se tenga de que de no respetar las leyes de tránsito habrá que pagar una multa, sin importar de quien se trate, como ocurrió recientemente al primer ministro del Reino Unido, Rishi Sunak, quien luego de que pusiera a circular un video en sus redes sociales fue multado por la policía por quitarse el cinturón de seguridad para grabar desde un auto en movimiento, lo que lejos de generar una reacción de reclamo de su investidura, provocó la aceptación del error, que se ofrecieran disculpas, y se aceptara pagar la sanción impuesta.

Muchas veces pensamos que solo se trata de falta de recursos, pero la asignación del 4% del PIB a la educación ha dejado patéticamente evidenciado que no es así, otras que es la falta de una nueva ley que cree nuevas instituciones, pero como ejemplo tenemos la 63-17 de movilidad, transporte, tránsito y seguridad vial, pues ni el Intrant creado por esta ni la rebautizada Digesett han terminado con el desorden, el alarmante número de muertes por accidentes de tránsito, y el incumplimiento con la ley, especialmente de aquellos que por distintas razones se sienten por encima de esta, desde los más encumbrados hasta los humildes padres de familia, motoconchistas y repartidores a domicilio.

Aunque son cosas tan evidentes, parecería que por simples algunos no las ven o no quieren verlas, y con los mismos espejitos que deslumbraron a Guacanagarix, muchos políticos y autoridades históricamente nos han prometido y ofertado desarrollo medido en grandes obras y reformas, porque hemos fallado en pasarles balance por la cotidianidad.

Ojalá finalmente insistamos en reclamar el cumplimiento de lo simple, y que lo grandioso, no continúe descuidando lo esencial.

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