Hace unos días cumplí 53 años. No me sentí más vieja ni más sabia, pero sí más consciente. Como si por fin hubiera entendido (en el cuerpo, no solo en la cabeza) que la vida no se trata de cumplir metas, sino de caminar despierta. Que no se trata de hacer lo que conviene, sino lo que uno tiene que hacer. Y esa diferencia lo cambia todo.
Un amigo me compartió una frase hace unos días, que he repasado varias veces, y quiero compartirles:
“Mi conclusión a estas alturas, de 77 años de acumulada juventud, es que (…) si viven toda la vida haciendo lo que les conviene, es una vida bastante miserable. Ustedes no tienen que hacer lo que les conviene, ustedes tienen que hacer lo que tienen que hacer. Eso es lo único que les dará la satisfacción cuando lleguen a viejos… haber sido consecuentes consigo mismos…”
La dijo Manfred Max-Neef, economista, humanista y eterno rebelde.
Al cumplir 53, una empieza a revisar el camino andado con una mezcla de ternura y exigencia. Ve las veces que eligió por miedo, por deber, por imagen. Las veces que el “éxito” pesó más que la autenticidad. Pero también descubre la belleza de haberse equivocado, de haberse perdido, de haberse desviado. Porque como decía Max-Neef, “la gente que sabe exactamente para dónde va, es la que nunca descubre nada, porque se da lo que llamo la obsesión del punto fijo”.
Durante años perseguí puntos fijos: títulos, cargos, relaciones, logros. Y todo lo que no encajaba en esa ruta, lo vivía como obstáculo. Pero ahora sé —o empiezo a saber— que justo en esos “obstáculos” estaba la vida real. Estaba el aprendizaje, el encuentro, el crecimiento. Lo impredecible, lo que no planifiqué, ha sido también lo más significativo.
Max-Neef propone algo radical: derivar en estado de alerta.
Derivar no es dejarse arrastrar sin dirección, ni vivir sin propósito. Es vivir despiertos, sin miedo a cambiar de rumbo, sin rigidez. Es aceptar que no todo tiene que estar bajo control y que, muchas veces, el verdadero sentido aparece cuando nos damos permiso de escuchar lo que la vida susurra.
Este cumpleaños no pedí deseos. Me hice una promesa:
“No más decisiones por conveniencia. No más prisas por llegar. No más culpa por cambiar de rumbo. No más miedo de empezar de nuevo Voy a derivar, sí. Pero, con los ojos abiertos, el corazón atento y la conciencia de que, como decía Max-Neef, eso es lo único que te da satisfacción cuando llegas a vieja: haber sido consecuente contigo misma”.
A los 53, todavía hay mucho por descubrir. Y ahora lo quiero vivir sin anteojeras, sin guión fijo. Porque todo lo valioso que me ha pasado, vino cuando me atreví a desviarme.
