Los dramas del terremoto de Albania

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Una abuela que prefirió morir aplastada por el derrumbe mientras servía de escudo para salvar a su nieto, una madre que se negaba a ser rescatada porque prefería morir al lado de su hija aplastada por derrumbes, y la muerte de la futura nuera del primer ministro de Albania, son algunos de los dramas humanos generados por un pequeño terremoto de magnitud 6.4 ocurrido en Albania, pero que se amplificó en los suelos flexibles arenosos, limosos y arcillosos de la ciudad Capital, Tirana, y de la vecina ciudad portuaria de Durres, y que sorprendió a muchos ciudadanos mientras dormían en edificaciones aparentemente robustas, pero que en realidad eran muy vulnerables, y que colapsaron porque no fueron diseñadas, ni construidas, para soportar fuerzas sísmicas amplificadas por la ralentización de ondas sísmicas de corte que al atravesar las terrazas fluviales constituidas por suelos aluviales blandos, y suelos arenosos marinos sueltos, viajaron a velocidades cercanas a 100 metros por segundo y generaron severos efectos de amplificación local, tal y como ocurrió en Ciudad de México, México, en 1985; en Puerto Príncipe, Haití, en 2010; en Tainán, Taiwán, en 2016; y en Amatrice, Italia, en 2016, entre muchos otros casos similares.

Pero en adición al drama de las dolorosas muertes producidas por este pequeño terremoto, la ciudad de Tirana y la ciudad de Durres vivieron otro drama poco común durante las horas posteriores a este terremoto, ya que como es normal que se produzcan réplicas post terremoto, muchos albaneses entraron en pánico con esas posteriores réplicas, y, pensando que podía producirse otro terremoto de mayor magnitud al terremoto primario, decidieron abandonar la ciudad Capital, y la ciudad de Durres, y optaron por viajar en horas de la noche, en ruta hacia el norte, llevando casas de campaña para acampar en zonas sísmicamente tranquilas y seguras, lo que indica que una parte importante de la población albanesa perdió la paz y la tranquilidad y entró en momentos de angustia y de gran estrés psicológico.

Sin embargo, la realidad es que en ninguna parte del mundo nadie debía morir a consecuencia de un terremoto de magnitud 6.4, por tratarse de un terremoto pequeño, pero la combinación entre un suelo flexible que ralentiza la velocidad de propagación de las ondas sísmicas de corte (Vs), y en consecuencia las amplifica, y edificaciones vulnerables construidas sin ningún criterio de sismorresistencia, termina convirtiendo cualquier pequeño terremoto en una gran tragedia, tal y como acaba de ocurrir en Albania (magnitud 6.4), tal y como ocurrió en el año 2016 en el altiplano italiano de Amatrice (magnitud 6.2), relativamente cercano de Albania, y en el pequeño valle fluvial taiwanés de Tainán (magnitud 6.4), caso este último donde las autoridades taiwanesas entendieron que el principal edificio colapsado tenía vicios de construcción considerados como inaceptables para una zona sísmica, y por tal razón procedieron judicialmente en contra de los responsables de la empresa constructora, no obstante que esa empresa había cesado en sus operaciones hacía ya varios años.

Y si un pequeño terremoto de magnitud 6.4 es capaz de provocar tantos daños sobre suelos flexibles, como acabamos de ver en Albania, donde cientos de edificaciones han colapsado; y como vimos en Puerto Príncipe, Haití, donde un terremoto de magnitud 7.0 provocó en enero de 2010 el colapso de 400 mil edificaciones y la muerte de 316 mil personas, imaginemos la magnitud de nuestros daños el día que tengamos un terremoto de magnitud 8.1, como el ocurrido en Nagua en agosto de 1946, considerando que la escala sísmica es logarítmica y que un terremoto de magnitud 8.1 libera 355 veces más energía que un terremoto de magnitud 6.4, y considerando que en muchas regiones de la República Dominicana muchos grandes núcleos urbanos se ubican sobre suelos flexibles que amplifican las fuerzas sísmicas, como los suelos del valle del Cibao, los cuales son parecidos a los suelos de la capital albanesa, y de la capital haitiana, sobre todo si sumamos que la mayor parte de nuestras construcciones han sido levantadas sin considerar criterios de sismorresistencia.

Cada nuevo terremoto, grande o pequeño, nos confirma que los graves daños se concentran sobre las zonas de suelos flexibles donde las ondas sísmicas de corte se ralentizan, se amplifican, y generan fuerzas cortantes que destruyen edificaciones aparentemente robustas y que en realidad no lo eran, y esa combinación de factores es responsable de muchas muertes que se producen durante la sacudida sísmica, y también responsable del pánico que cada nuevo terremoto imprime en la sociedad impactada, por lo que para llevar tranquilidad a la sociedad es necesario elaborar mapas de respuestas sísmicas de los diferentes tipos de suelos urbanos, y en base a esos mapas comenzar a cambiar, de manera obligatoria, los criterios constructivos que deben regir en las zonas caracterizadas por suelos flexibles, especialmente cuando se trate de estructuras sensibles como hospitales, escuelas, iglesias, estadios y puentes muy importantes.

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