Una historia de amor, raíces y espíritus en la frontera caribeña
Basilio Rodríguez Cañada
Especial para elCaribe
Capítulo 1. Encuentro en la feria
La primera vez que vi a Amarilis Jean-Baptiste fue entre estantes y murmullos, en uno de esos pabellones de la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo que parecen más un laberinto que un recinto cultural. Yo acababa de terminar una lectura breve —apenas cinco poemas, mi aportación a una mesa compartida con otros jóvenes autores— y me sentía liberado, casi ligero, como quien ha terminado un examen que lo mantenía en tensión.
Me ofrecieron un vaso de agua fría y me dejé llevar por el vaivén de los pasillos. Allí, entre el bullicio, la vi. No era su aspecto lo que más llamaba la atención, aunque su belleza era evidente: piel oscura y luminosa, labios gruesos, ojos intensos que parecían reír incluso antes de hacerlo. Lo que me atrapó fue la serenidad con que sostenía los libros, como si cada ejemplar tuviera un secreto íntimo reservado para ella.
Me acerqué con la torpeza del forastero y ella levantó la vista.
—Tú eres el poeta español, ¿no? —preguntó con una sonrisa ladeada.
Asentí, sorprendido de que me reconociera.
—Leí tu poema en el programa de la feria —continuó—. El de “las ciudades que se disuelven en los espejos”.
Sentí una punzada de rubor. Nunca había imaginado que alguien, aquí, al otro lado del océano, se detendría en esas líneas.
—Soy Amarilis —se presentó, tendiéndome la mano con firmeza—. También escribo.
La conversación discurrió como un cauce natural. Ella me habló de su primer libro de cuentos, publicado por una editorial local, y de cómo había crecido en un pueblo cercano a la frontera con Haití, donde su madre y su abuela la llenaban de historias y cantos desde niña.
—La escritura fue mi forma de que esas voces no se apagaran —dijo—. ¿Y tú? ¿Por qué escribes poesía?
La pregunta me desarmó. Nadie me la había hecho de ese modo, directo y sin solemnidad.
—Creo que escribo para recordar lo que no sé explicar —respondí al fin—. Como si el poema fuera un espejo torcido donde lo innombrable se refleja.
Ella rio suavemente.
—Eso suena a poeta, sí. Pero aquí la palabra no siempre se refleja: aquí la palabra baila, canta, hasta cura.
La frase me intrigó de inmediato, aunque no quise insistir. Intuí que aquel misterio se revelaría en su momento.
Durante los días siguientes, nos encontramos una y otra vez en distintos eventos. A veces coincidíamos en presentaciones, otras en conferencias, y pronto empezamos a buscarnos sin necesidad de palabras.
Me mostró rincones de la feria que yo no habría descubierto: los estands de literatura afrocaribeña, las ediciones bilingües en creole, los pequeños sellos independientes que publicaban voces jóvenes.
Una tarde, mientras caminábamos por la Zona Colonial, me contó que estaba trabajando en un nuevo libro, una mezcla de cuento y crónica, inspirado en las historias de su pueblo. Yo le hablé de mis inseguridades, de lo difícil que era escribir poesía en un mundo que parece devorar las palabras.
Ella me escuchaba con paciencia, y cada tanto me soltaba una pregunta inesperada, como quien abre ventanas:
—¿Y qué escribirías si no te preocuparas por la crítica?
—¿Has pensado en leer en voz alta tus poemas en un batey, acompañado de tambores?
Eran ideas que descolocaban, pero también despertaban en mí una curiosidad nueva.
La chispa, sin embargo, se encendió una noche en el Malecón. Caminábamos junto al mar, con la brisa húmeda y el rumor de las olas como fondo. Los vendedores ambulantes ofrecían maíz, dulces, botellas de ron barato. La ciudad parecía vibrar en mil capas.
Nos detuvimos frente al océano. Ella se quedó en silencio largo rato, como si escuchara algo que yo no podía oír.
—¿Sabes qué, Alejandro? —dijo al fin—. Mi abuela siempre dice que los poetas que llegan de lejos pueden escuchar a los muertos mejor que nosotros.
La frase me estremeció. La tomé como metáfora, pero había en su voz una seriedad que no admitía simplezas.
—¿Y tú crees en eso? —pregunté.
—Creo en mi abuela —respondió sin vacilar—. Y en lo que ella guarda. Algún día deberías conocerla.
No dije nada, pero sentí que una puerta se abría. Algo más grande que yo se insinuaba en esa invitación velada.
Volvimos caminando, sin prisas. Y aunque no nos dijimos nada explícito, yo supe que mi viaje a Santo Domingo ya no se trataba de una feria, ni siquiera de literatura. Se trataba de ella.
En mi cuaderno, esa misma noche, escribí: “Hay encuentros que son libros abiertos: uno empieza a leer y ya no puede detenerse. Amarilis es un libro de fuego. Y sé que, si sigo sus páginas, acabaré en un lugar del que no se regresa igual.”
Capítulo 2. Historias de familia
Los días en Santo Domingo se sucedían con la cadencia de un ritmo caribeño que yo apenas empezaba a comprender. Por las mañanas asistía a conferencias, mesas redondas y presentaciones; por las tardes, buscaba a Amarilis. Y era en esas horas, cuando la feria dejaba de ser un acto institucional y se volvía un espacio de conversaciones privadas, donde realmente aprendía algo nuevo.
Una tarde, después de un recital colectivo en la Biblioteca Nacional, salimos a caminar hacia el Parque Independencia. Nos sentamos en un banco a la sombra de los árboles, y mientras las palomas revoloteaban alrededor, Amarilis empezó a hablar de su familia.
—Mi madre es dominicana —me dijo—, hija de campesinos de un pueblecito cercano a la frontera. Mi padre es haitiano, músico. Nunca se quedó mucho tiempo en casa, pero dejó en mí la música y una lengua doble.
Se quedó en silencio, observando a lo lejos. Luego añadió:
—Pero la verdadera raíz es mi abuela, Doña Ercilia. Ella es la contadora de la familia. La que guarda la memoria de los que vinieron antes. Sin ella, yo no sería escritora.
—¿Y qué cuenta tu abuela? —pregunté, intrigado.
Amarilis sonrió.
—De todo: historias de los esclavos que escaparon a los montes, cantos de los loas, leyendas de los ríos y las ceibas. Cosas que suenan a fábula pero que ella asegura haber visto con sus propios ojos.
La intensidad de su mirada me hizo pensar que, al menos en su corazón, cada palabra era cierta.
—Mi abuela siempre dice que la palabra no es solo para contar —continuó—. La palabra protege, convoca, abre caminos. Cuando yo era niña, me recitaba cantos en creole para espantar la fiebre o los malos sueños. Y funcionaba.
Me estremecí. Recordé lo que me había dicho en el Malecón: “Aquí la palabra baila, canta, hasta cura.” Empezaba a comprender que no era una metáfora, sino una convicción viva.
—En España —le dije— solemos ver la literatura como algo distante, encerrado en libros, en bibliotecas. Lo que me cuentas suena a que aquí la palabra sigue teniendo cuerpo, sigue siendo acción.
Amarilis asintió.
—Exacto. Para mi abuela, contar es como sembrar: cada historia es una semilla que germina en quien la escucha.
La conversación tomó un giro inesperado cuando Amarilis me miró directamente, con esa mezcla de desafío y ternura que empezaba a reconocer en ella.
—¿Te gustaría conocerla?
No supe qué responder de inmediato. La propuesta me parecía tan íntima que sentí un temblor en el pecho.
—Claro —dije al fin—. Me encantaría.
—Tendrás que viajar al pueblo conmigo. No queda tan cerca, pero vale la pena. Además… —hizo una pausa— creo que ella ya sabe que vendrás.
—¿Cómo puede saberlo?
Amarilis se encogió de hombros, pero en su sonrisa había algo de misterio.
—Ella siempre sabe.
Esa noche, de regreso en el hotel, me encontré escribiendo con un ímpetu nuevo. Ya no eran poemas en abstracto, sino versos atravesados por nombres, lugares y voces que no conocía pero que empezaban a reclamarme.
Escribí:
“La palabra es machete y canto,
bruja y madre,
pan y tambor.
Allá donde el mar toca la caña,
una anciana enciende un fuego
para que un extranjero aprenda a escuchar.”
Leí esos versos en voz baja y tuve la extraña sensación de que no los había escrito yo solo, como si otra voz se hubiera filtrado a través de mi mano.
En los días siguientes, Amarilis siguió hablándome de su abuela y de las celebraciones que tenían lugar en el pueblo durante la Semana Santa. Me contó del Gagá, con sus procesiones de banderas y tambores, sus cantos en creole y su mezcla de lo sagrado y lo festivo.
—Allí entenderás lo que somos de verdad —me dijo con convicción—. No en un libro, ni en una feria. En la tierra, en la música, en la sangre.
Cada palabra suya era como una cuerda que me ataba más a ese destino inesperado. Yo había llegado a Santo Domingo como invitado a un evento cultural, pero ahora me daba cuenta de que la verdadera feria estaba apenas por comenzar, en un escenario que no aparecía en ningún programa oficial.
