Bolívar de carne y hueso (3 de 3)

Manuela Sáenz, la “adorable loca”.

¿Cómo era en realidad el Libertador? ¿Qué sabemos del Bolívar hombre? ¿Cómo era su aspecto? ¿Qué impresión causaba? ¿Era apacible o arrebatado, lacónico, ponderado o vehemente? Las preguntas son del psiquiatra y escritor venezolano Francisco Herrera Luque, en el portal de su ensayo Bolívar de carne y hueso.
El alienista manosea las partidas biográficas. Confronta la opinión de amigos y detractores. Examina legajos y periódicos del siglo XIX. Recoge hablillas y ese florilegio de remembranzas que, de boca en boca, vuela hasta nuestro tiempo. La pesquisa es ardua. De manos del psiquiatra, al final, desciende aquel Bolívar apóstol de los calvarios de una ilusoria hagiografía. En tanto emerge, homérica y grandiosa, la potencia del Bolívar adalid.

Un telón de oscuros recuerdos entristece la escena final del caudillo. Con 47 años, agonizante en la Quinta de San Pedro Alejandrino, el Libertador pensará: “En este mundo, los tres imbéciles más grandes hemos sido Jesucristo, Don Quijote y yo. (PDM)

Bolívar de carne y hueso (fragmentos)
por Francisco Herrera Luque

La tragedia de Bolívar
El Padre de la Patria había exacerbado, en los últimos años, su genio intemperante, violento y desaforado. El éxito fue inflando su yo hasta hacerlo perder la visión de la realidad y la flexibilidad necesaria para imponer o negociar su criterio […] Era, según múltiples testimonios, sencillamente insoportable: gruñón, airado, despótico e insultante, sin que circunstancia alguna fuese capaz de contenerlo en sus frecuentes arrebatos, que por otra parte ni eran nuevos, ni desconocidos como se observa a todo lo largo de su biografía […]

Nunca ha quedado claro lo sucedido entre Bolívar con Andrés Bello y Simón Rodríguez. Aunque el primero expresa en cartas su aprecio y admiración por su antiguo amigo, también es público y notorio que el gran caraqueño, que eligió a Chile por patria, fue herido profundamente en su amor propio. Como tampoco deja de ser significativo que luego de los alegres años pasados con Rodríguez en Europa, éste se desentienda de su discípulo hasta 1825, en que agobiado por las necesidades rastrea tardíamente su huella.

¿Qué es lo que puede explicarnos el fracaso del Libertador en el campo de los afectos? ¿Por qué sufre constantemente la traición, el abandono y la felonía? ¿Es víctima acaso de la fatal singularidad del genio? Napoleón y otros grandes caudillos, aunque pagaron el mismo tributo, nunca padecieron los niveles del infortunio y deserción que sufrió el Padre de la Patria […] La inflación que sufre su yo en la cumbre del poder y de la gloria, lo aliena y lo arrebata; lo que aunado a su sentida convicción de la verdad, lo incapacita para la negociación; le roba su habilidad para concitar voluntades y aquella flexibilidad política de la que hizo feliz uso en anteriores oportunidades […] Convencido de ser el creador de un mundo y no el ejecutor de una voluntad colectiva, rompe el compromiso, cae la máscara y aparece la equívoca expresión de un yo egocéntrico, desbordado y conflictivo [..] Eso explica su ausencia de discreción para ocultar sus escandalosos amoríos, de arrostrar la puntillosa cortesanía de la nobleza criolla, y de irrespetar a los más altos jerarcas de su corte, que con gran sacrificio apuntalaban ya su precario poderío.

Mantuano y romántico

Por temperamento, origen y formación, Bolívar es un aristócrata criollo en todo su esplendor: individualista, autoritario, avasallante, acostumbrado a imponer su voluntad según los dictados de sus deseos, principios y conveniencias. Bolívar, más por seducción que por educación, era un romántico del primer imperio: amante de las empresas imposibles, crédulo de la perfectibilidad humana y de las bondades del sistema parlamentario […] Si Bolívar se hubiese declarado monarca absoluto, como lo pedían todos, se habría evitado grandes conflictos.

El romanticismo, tanto en España como en Hispanoamérica, fue siempre flor exótica ajena a una idiosincrasia, más ajustada a un claro y pedestre concepto de la existencia, donde no cabían especulaciones, como pretender una gran patria latinoamericana si las provincias orientales de Venezuela pugnaban por formar nación aparte. Era inaceptable a los caraqueños que el viejo rango de la ciudad fuese transferido a Bogotá para hacerla villa y corte de un imperio amasado con sangre venezolana. Todo este cúmulo de ideas del Libertador despertaban enconada oposición que a su vez lo exasperaban.

Intemperante siempre

Bolívar desde niño fue díscolo, rebelde y arrebatado. Sus tutores se la vieron negras por contenerlo en lo que sus tíos llamaban muy caraqueñamente sus malacrianzas […] Su voluntad, aunque por interferencias timopáticas a veces desmayaba, sumiéndolo en la más negra desesperación, fue siempre férrea y acerada; dispuesto siempre a vencer las mayores pruebas y los obstáculos con tal de lograr sus objetivos, sin pararle mientes a jerarquías, imposiciones colectivas o dificultades infranqueables.

Sólo el éxito absoluto lo absuelve de tantas y temerarias decisiones […] Por encima de sus errores, arrebatos, precipitaciones y fracasos predomina, tal es su genio y grandeza, su crédito de conductor y estadista. Uno de los primeros en comprenderlo es José Antonio Páez. Los caudillos orientales y centrales que lo habían execrado por su inexcusable fracaso en Ocumare, terminan por aclamarlo para que acaudille a los ejércitos libertadores.

Otros rasgos

Bolívar, además del don de mando, tenía dos características de todo gran jefe y conductor: “Su desinterés es igual a su generosidad. Generoso hasta el exceso”, escribe Boussingault. En la riqueza y en la pobreza no vacila en compartir con sus infortunados compañeros sus precarios bienes […] Bolívar, como toda naturaleza fálica, tuvo muchas y variadas amantes. Era de un ardor genesíaco descomunal, aunque mudase de mozas con la celeridad del gallo. Salvo María Teresa del Toro y Alaiza, a quien ama con el amor confuso del adolescente, ninguna otra mujer, ni siquiera Manuela Sáenz, establece con él la triple vinculación del amor: sexo, cariño e intelección. La “adorable loca” lo divierte y le hace compañía, luego de abandonarla a su suerte por un año y más. Pepita Machado ejerce sobre él reclamos sexuales y nada más, a pesar de acompañarlo desde 1813 hasta 1820.

Quizás hay tres personas que amaron al Libertador con intensa profundidad: su mayordomo Palacios, a quien lega buena parte de su herencia; su aya, Hipólita; y María Antonia, su dominante hermana. Los demás son siempre inestables y fugaces en su relación, a causa de esa peculiaridad nativa, y no adquirida, de la que hicimos mención.

La talla del destino

Sobre ese aporte genotípico, centrado por una afectividad tumultuosa y vital, donde las pasiones más opuestas estallan rutilantes contra una voluntad, una inteligencia y un poder creador excepcional, actuará el destino.

Dos hombres geniales, cada quien en su estilo, aparecen en su mocedad: Andrés Bello y Simón Rodríguez. Apolíneo el primero, exalta por contraste y defensa su alma báquica, echándolo en brazos del dionisíaco Simón Rodríguez. En él encuentra estímulo para que su exaltada imaginación se incendie del romanticismo que impera en la Francia napoleónica. Luego, como balance entre Rodríguez y Andrés Bello, encuentra un gran preceptor: el marqués de Uztáriz, aristócrata caraqueño radicado en Madrid, gran señor y enciclopedista que despierta y conduce su admiración por las artes, las ciencias y las humanidades [..] Buscando la madre, que se fue temprano, topa con María Teresa, una madrileña insignificante, que cubre la necesidad de afecto estable del cual adoleció por tantos años […[ A los ocho meses de su matrimonio queda una vez más solo ante el futuro.

Escapa a Europa e intenta olvidar su pena, entregándose a toda clase de francachelas, llevando en forma plena la vida fácil de los petimetres del primer imperio. Conoce de lejos a Napoleón, y aunque lo impresiona, temeroso de diluir su identidad, lucha contra su imagen toda la vida, hasta el punto de renunciar la corona que, desde Páez hasta Urdaneta, todos le ruegan que ciña […]

Regresa a Venezuela en vísperas de la Revolución. Rico, viudo y con tiempo de sobra se mete de lleno y con vehemencia en el asunto. Ingresa a la Sociedad Patriótica. Viaja a Londres con Andrés Bello y López Méndez […] El joven atolondrado, de un error sigue a otro: invita a Miranda, enemigo de su casta, a venir a Venezuela […] Viene el fracaso, el doloroso fracaso y también la Resurrección. Recoge los pasos perdidos y entra triunfal en Caracas en 1813.

En lo sucesivo, y luego de un último fracaso en 1816, su vida se encumbra por el breve lapso de diez años […] A los cuarenta y tres, en la cumbre del poder, amenaza fugazmente con sobrevivirse y negar su destino de héroe solar. A los cuarenta y siete años, cuando apenas se asoma la más terrible involución, muere Simón Bolívar, el Libertador.
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(*) Francisco Herrera Luque (Caracas, 1927; Caracas, 1991). Médico-psiquiatra, académico, diplomático, ensayista, historiador, novelista. Autor de un celebérrimo conjunto de libros acerca de la historia venezolana, los protagonistas y la gravitación del dominio español en Suramérica. Su notoriedad provino de integrar el sentido mitológico con los hechos reales de la historia. En este caso, la superposición de la realidad con las fabulaciones colectivas dio lugar a una narrativa real-maravillosa, paralela a la historia oficial de Venezuela. Algunas obras: Los viajeros de Indias, Los amos del valle, En la casa del pez que escupe el agua, La historia fabulada; Boves, el Urogallo; La luna de Fausto; Manuel Piar, caudillo de dos colores…

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