Santo Domingo: una conversación con el tiempo

Ensayos sobre la ciudad y la civilización

VIII. El porvenir de Santo Domingo
Durante buena parte del siglo XX, el progreso de una ciudad se medía por la longitud de sus avenidas, el número de edificios que levantaba o la magnitud de las obras públicas que era capaz de ejecutar. El desarrollo parecía identificarse con la expansión física del territorio. Crecer equivalía, simplemente, a construir más.

Hoy sabemos que esa idea resulta insuficiente. Las ciudades verdaderamente exitosas no son las que ocupan una mayor extensión ni las que exhiben el horizonte más poblado de rascacielos. Son aquellas que consiguen ofrecer una mejor calidad de vida a quienes las habitan. La ciudad del siglo XXI ya no compite únicamente por atraer inversiones; lucha también por atraer talento, creatividad y ciudadanos que deseen permanecer en ella porque encuentran allí un lugar digno para vivir.

Ese será el verdadero desafío de Santo Domingo durante las próximas décadas. La capital dominicana posee ventajas que pocas ciudades latinoamericanas pueden exhibir simultáneamente. Cuenta con una historia de más de cinco siglos; dispone de una ubicación estratégica en el centro del Caribe; mantiene una economía dinámica y relativamente diversificada; concentra las principales instituciones nacionales y posee una riqueza cultural capaz de distinguirla claramente dentro del ámbito hispanoamericano. Pero esas fortalezas, por sí solas, no garantizan el futuro. La pregunta decisiva ya no consiste en cuánto crecerá Santo Domingo, sino en qué clase de ciudad llegará a ser.

Toda ciudad termina pareciéndose a las prioridades de quienes la gobiernan y de quienes la habitan. Si la prioridad exclusiva consiste en producir más suelo urbano, aparecerá una ciudad dispersa. Si únicamente se privilegia la rentabilidad inmobiliaria, surgirán barrios desconectados entre sí. Si toda la atención se concentra en el automóvil, el peatón terminará perdiendo su lugar. Si el patrimonio histórico se considera un obstáculo para el desarrollo, la ciudad acabará renunciando a la memoria que le daba personalidad. Las ciudades no se transforman por azar. Se transforman de acuerdo con las decisiones que toman.

Santo Domingo enfrenta, además, desafíos que ninguna generación anterior conoció. El cambio climático obligará a todas las ciudades costeras del Caribe a replantear su relación con el agua. La elevación del nivel del mar, la mayor intensidad de los fenómenos atmosféricos, la protección del litoral, la gestión de las cuencas hidrográficas y la disponibilidad de agua potable dejarán de ser asuntos exclusivamente ambientales para convertirse en cuestiones centrales del desarrollo urbano.

La ciudad deberá aprender a convivir con una naturaleza cada vez más exigente. Al mismo tiempo, el crecimiento demográfico continuará ejerciendo presión sobre la movilidad, la vivienda, los servicios públicos y los espacios abiertos. Cada nuevo barrio exigirá escuelas, hospitales, redes de agua potable, energía, saneamiento, transporte y áreas verdes. La planificación dejará de ser un ejercicio técnico para convertirse en una condición indispensable de gobernabilidad. Pero quizá el mayor cambio provenga de otra dirección.

La revolución digital está modificando silenciosamente la forma en que funcionan las ciudades. Los sistemas inteligentes de gestión del tránsito, la digitalización de los servicios públicos, la información geoespacial, la inteligencia artificial aplicada al planeamiento urbano y la administración en tiempo real de las infraestructuras cambiarán la manera de gobernar las grandes metrópolis.

Sin embargo, conviene evitar una confusión frecuente. Una ciudad inteligente no es aquella que acumula más pantallas, sensores o plataformas digitales. Es aquella que utiliza la tecnología para hacer más sencilla la vida cotidiana de las personas. La innovación no constituye un fin; es únicamente un instrumento al servicio de una mejor convivencia urbana. La verdadera inteligencia de una ciudad continúa residiendo en sus ciudadanos.

Por eso el porvenir de Santo Domingo dependerá menos de la velocidad con que incorpore nuevas tecnologías que de la claridad con que defina su propio proyecto de ciudad. Ningún programa informático podrá decidir cuánto patrimonio merece conservarse, qué paisajes deben protegerse, cómo distribuir los espacios públicos o qué calidad de vida desean alcanzar las generaciones futuras. Esas seguirán siendo decisiones profundamente humanas.

Existe, además, un riesgo que muchas ciudades contemporáneas han comenzado a descubrir demasiado tarde: el de perder su identidad mientras persiguen la modernidad. En numerosas capitales del mundo los centros financieros, las zonas comerciales y los desarrollos inmobiliarios empiezan a parecerse entre sí. Las mismas fachadas de vidrio, las mismas franquicias internacionales, los mismos hoteles, los mismos centros comerciales terminan produciendo paisajes intercambiables. El viajero cambia de país, pero la ciudad parece no haber cambiado.

Santo Domingo no debería recorrer ese camino. Su mayor ventaja competitiva no consiste únicamente en ofrecer seguridad jurídica, crecimiento económico o buenas infraestructuras. Consiste en ser una ciudad irrepetible.

Pocas capitales pueden caminar diariamente entre una catedral del siglo XVI, un barrio republicano de extraordinaria calidad urbana, un malecón abierto sobre el mar Caribe y una moderna zona financiera sin perder la continuidad de su propia historia. Esa singularidad constituye un activo mucho más valioso que cualquier moda arquitectónica pasajera. El futuro no exige renunciar a la memoria. Exige utilizarla inteligentemente.

La Ciudad Colonial no representa solamente un conjunto de monumentos protegidos por organismos internacionales. Constituye el punto donde comenzó una parte decisiva de la historia urbana del continente americano. Preservarla significa mucho más que conservar edificios antiguos; significa mantener vivo el relato que explica por qué Santo Domingo ocupa un lugar único entre las ciudades de América.

Pero tampoco basta con proteger el pasado. El verdadero reto consiste en proyectar hacia el futuro los mismos valores que hicieron posible la permanencia de la ciudad durante más de cinco siglos: la capacidad de adaptación, la apertura al intercambio, la inteligencia para aprovechar su posición geográfica y la voluntad permanente de reinventarse sin romper el hilo de su identidad. Porque esa ha sido, en realidad, la constante de Santo Domingo.

La ciudad sobrevivió a terremotos, huracanes, incendios, invasiones, guerras, crisis económicas y profundas transformaciones sociales. Cambió de escala, modificó su arquitectura, desplazó sus centros de actividad y amplió extraordinariamente su territorio. Sin embargo, nunca dejó de ser reconocible. Esa continuidad constituye una de sus mayores fortalezas. Las ciudades que perduran no son las que permanecen inmóviles, sino las que saben cambiar sin dejar de ser ellas mismas.

Quizá ahí resida la decisión más importante que deberá tomar Santo Domingo durante las próximas décadas. No preguntarse únicamente cuánto quiere crecer, sino qué legado desea transmitir cuando concluya el siglo XXI. Porque una ciudad no demuestra su grandeza por la cantidad de obras que inaugura, sino por la calidad del futuro que es capaz de construir.

Y ese futuro, más que una promesa tecnológica o una aspiración económica, debería ser una forma superior de civilización urbana: una ciudad donde el crecimiento no destruya el paisaje; donde la modernidad no sustituya la memoria; donde la eficiencia no excluya la belleza; donde el desarrollo alcance a todos los ciudadanos; y donde el tiempo, ese material invisible con el que finalmente se construyen las ciudades, siga escribiendo sobre las calles de Santo Domingo una historia digna de ser heredada.

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