Bajo el cielo sin fronteras

Memorias póstumas de Isabelle Eberhardt

BASILIO RODRÍGUEZ CAÑADA
Especial para elCaribe
Capítulo IV. Fuego bajo la ceniza

El desierto me había enseñado resistencia. No me había enseñado quietud. Con el paso de los años —pocos en número, densos en intensidad— advertí que la lucha más ardua no era contra el calor ni contra el poder colonial, sino contra mi propia naturaleza errante.

Slimane lo percibía antes que yo. Una tarde, en una casa humilde de Aïn Séfra, mientras el viento arrastraba polvo contra las paredes, me observó escribir durante horas.
—Siempre estás partiendo —dijo sin reproche.
—Estoy aquí —respondí sin levantar la vista.
—Tu cuerpo, sí. Tu espíritu no.
Guardé silencio. Sabía que tenía razón.
Mi escritura se había vuelto más introspectiva, más sombría. Ya no me bastaba describir escenas. Necesitaba comprender el impulso que me llevaba de un lugar a otro como si temiera arraigar. En uno de mis cuadernos anoté: “El viajero perpetuo sospecha del reposo como de una trampa.”
Amé a Slimane con sinceridad. Pero mi amor nunca fue posesivo. Tampoco toleraba ser poseída. Él era paciente, pero no indiferente. En ocasiones su voz adquiría una firmeza que me hería más que un grito.
—No puedes vivir como si no debieras nada a nadie.
—No pedí que me debieras nada —respondí una vez, con brusquedad innecesaria.
—El vínculo no es deuda —replicó—. Es responsabilidad.
Aquella palabra me incomodaba. Responsabilidad significaba permanencia. Permanencia significaba límite. Desde esta distancia comprendo que confundía libertad con ausencia de lazo. No era del todo cierto. Lo que temía no era el lazo, sino la disolución de mi impulso interior. Mi identidad —mujer, hombre, musulmana, europea— ya era una construcción delicada. Temía que cualquier fijación la rigidizara.
El cuerpo comenzó a recordarme su fragilidad. Fiebres intermitentes, cansancio acumulado, heridas mal curadas. No era ya la joven que atravesaba dunas con imprudencia. Pero mi voluntad se resistía a admitirlo. Un médico francés, tras examinarme con gesto profesional y distante, dijo:
—Debe reducir sus desplazamientos. Su organismo está exhausto.
—Mi organismo no entiende de inmovilidad.
—Entonces aprenderá por la fuerza.
Sonreí con ironía, pero sus palabras quedaron en mí como presagio.
Había noches en que la oración ya no traía la claridad de antaño. No era pérdida de fe; era sequedad espiritual. El místico atraviesa lo que los sufíes llaman la “noche”. Yo la atravesé sin dramatismo, pero con inquietud. En una reunión de la cofradía, pregunté al anciano que me había iniciado:
—¿Qué ocurre cuando el fervor desaparece?
—El fervor no es fe —respondió—. Es emoción. La fe permanece cuando todo arde en ceniza.
—¿Y si solo queda ceniza?
Me miró con intensidad serena.
—Entonces sopla.
Comprendí que buscaba experiencias intensas incluso en lo espiritual. El desierto me había enseñado a desnudarme; ahora debía aceptar la aridez. Escribí entonces una frase que jamás publiqué: “He perseguido la libertad como otros persiguen el amor, y quizá ambos sean espejismos necesarios.”

Mi situación seguía siendo ambigua. Los oficiales franceses me miraban con sospecha; algunos nómadas desconfiaban de mi origen europeo. En una conversación tensa con un comandante francés, este dijo:
—Señora, su conducta es incomprensible. Ni defiende usted claramente a su país ni se integra por completo aquí.
—¿Y si no deseo pertenecer a ninguna categoría?
—Eso no es posible. Todos pertenecemos a algo.
—Yo pertenezco al camino.
Su gesto fue de impaciencia.
—Eso es literatura.
Tal vez lo era. Pero era también mi única verdad. Entre los beduinos, una mujer anciana me dijo una noche:
—Tú no echas raíces. Eres como el viento.
—¿Es eso malo?
—El viento es libre, pero no deja sombra.
Aquella frase me acompañó largo tiempo.

A pesar de las dudas y el desgaste, mi energía vital no se extinguía. Al contrario: se volvía más consciente de su finitud. Había días de una lucidez casi exaltada. Caminaba por el mercado, observando los colores de las telas, el polvo suspendido en el aire, los rostros curtidos por el sol, y sentía una gratitud intensa por estar viva. Pensaba: “Si muriera mañana, no diría que no he vivido.” Esa conciencia de límite no me entristecía. Me afilaba.

Volví a viajar, aunque con menor imprudencia. Cada desplazamiento tenía ahora un matiz de despedida, aunque no lo confesara.

Una noche, tras una discusión que no recuerdo con precisión, Slimane me dijo algo que entonces me irritó y ahora comprendo:
—No temes a la muerte. Temes a la repetición.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué quieres decir?
—Temes que la vida se vuelva previsible. Prefieres el riesgo al tedio.
No supe negar esa acusación.
—¿Y eso es un defecto? —pregunté.
—No. Es tu naturaleza. Pero la naturaleza también tiene consecuencias.

Desde esta perspectiva póstuma puedo admitirlo: siempre supe que mi vida sería breve. No por presentimiento mágico, sino por intensidad. Quien vive expuesto al límite no acumula décadas con facilidad. Sin embargo, no buscaba la muerte. Buscaba la plenitud.

En los meses previos a mi muerte hubo una sensación sutil, casi imperceptible, de cierre. No era miedo. Era coherencia. Miraba el paisaje con una atención distinta, como si quisiera memorizarlo: las colinas rojizas, el cielo límpido tras la tormenta, el olor de la tierra húmeda cuando raramente llovía. Escribí: “No deseo larga vida. Deseo vida verdadera.”
Hoy, desde donde ya no existe el tiempo lineal, sé que esa frase era una despedida anticipada. Mi energía seguía intacta. Mi espíritu, aunque más sobrio, no se había apagado. Pero el círculo comenzaba a cerrarse. El viaje exterior pronto hallaría su interrupción. El interior continuaría..

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