Hay una duda que, tarde o temprano, visita a todo lector serio: ha leído mucho, pero ha retenido poco. Los libros pasan, se acumulan, dejan un rastro impreciso, y uno descubre que la memoria literaria es menos fiel que la emoción del instante, ese momento después de sacar el libro de los estantes de Cuesta Librería. Recordamos la impresión, no la idea; el tono, no el argumento. En ese punto, la lectura deja de ser costumbre y empieza a volverse examen. Sin darse cuenta, uno entra en la crítica.
No la crítica académica ni el gesto de autoridad que reparte juicios, sino algo más íntimo: una conversación silenciosa con los libros. Una forma de volver sobre lo leído, de demorarse. Porque releer no es repetir, sino comprender de otro modo. De ahí que los buenos escritores hayan sido, casi siempre, buenos críticos. No por afán de dictar sentencia, sino por necesidad de entender. Paz lo fue. Borges también. Incluso Vargas Llosa, en sus mejores páginas, ha ejercido esa lucidez que nace del análisis atento.
Basilio Belliard pertenece a esa línea. En su último libro, El centauro y el búho, no hay tratado ni manifiesto. Hay algo menos solemne y, por eso mismo, más exigente: el registro de una inteligencia que ha convivido largo tiempo con la literatura y que ahora intenta ordenar esa experiencia sin volverla rígida, en un libro azul que guarda en su portada una pintura de su amigo, el pintor haitiano Franketienne.
Aquí ejercer la crítica —como sugiere el propio Belliard— es una tarea de equilibrio. Supone combinar rigor y claridad, información y estilo, sin caer ni en la sequedad conceptual ni en la confusión. Hay en ello algo de oficio delicado, casi de equilibrista: sostener el pensamiento sin perder la respiración de la escritura. La crítica, entendida así, exige inteligencia, pero también imaginación y un placer genuino por los libros. Sin eso, se vuelve técnica. O peor: ruido.
El título del libro no es casual. El centauro encarna el impulso y el símbolo del ensayo: mezcla de intuición y pensamiento, libertad que se resiste a las formas cerradas. El búho, en cambio, representa la mirada atenta, la paciencia reflexiva y la filosofía. Belliard se mueve entre ambos sin decidirse del todo, como si entendiera que la crítica verdadera necesita esa doble lealtad: a la imaginación y a la disciplina.
El volumen reúne ensayos sobre escritores dominicanos, aunque leerlo como una simple colección sería reducirlo. Hay algo más: un mapa afectivo de la literatura nacional. Los nombres que aparecen —Plinio Chahín, José Mármol, Pedro Mir, Soledad Álvarez, Jochy Herrera, Nan Chevalier, Bruno Rosario Candelier, entre otros— no como figuras inmóviles, sino como presencias vivas dentro de una conversación continua. La literatura aquí no es archivo: es trato vivo de la literatura contemporánea.
En ese recorrido destaca una crónica dedicada al fallecido escritor y amigo del autor, Rafael Lantigua, donde la crítica se vuelve memoria personal sin perder su sobriedad. La amistad aparece como una forma de lectura compartida. No se trata solo de recordar a un escritor ido a destiempo, ni de consignar el dolor por la pérdida de un compañero de viaje, sino de mostrar cómo la literatura se inserta en la vida de ambos y crea un vínculo que sobrevive al recuerdo y a la muerte. Aquí el escritor escribe con dolor, pero también con claridad, y deja ver un sentido de la amistad y del agradecimiento poco frecuente en este mundo literario.
En este libro de crítica literaria el autor, sin embargo, no dicta sentencias ni se ampara en un aparato teórico. Su método parece simple: leer con atención y escribir con claridad. Pero esa simplicidad exige una confianza poco común en la experiencia directa de la lectura. Supone creer que es posible reconocer lo esencial sin necesidad de imponer un sistema previo. En tiempos donde la crítica suele refugiarse en jergas o metodologías rígidas, esa elección resulta casi una forma de resistencia.
Hay además una idea que atraviesa el libro con discreción: la crítica no es solo interpretación, es también creación. No nace únicamente de una teoría o de una metodología, sino de una experiencia de lectura que se prolonga en la escritura. En ese sentido, Belliard se acerca más al periodismo literario que al academicismo. Prefiere el contacto vivo con el texto, el placer de la lectura, la admiración por la obra bien hecha.
El libro alcanza su mejor tono cuando se detiene en la poesía. Allí su escritura se vuelve más precisa, más contenida. No intenta explicar el poema —empresa siempre sospechosa— sino rodearlo, acercarse a su temperatura interior. Hay en ese gesto algo que no siempre se encuentra en la crítica: respeto. No el respeto formal, sino el que nace de conocer la dificultad del oficio.
También se percibe una convicción sobria: la literatura forma parte de la vida intelectual de un país. No es adorno ni lujo. Es una manera de pensar la historia, la identidad y hasta las zonas más incómodas de la memoria colectiva. Belliard observa ese proceso sin grandilocuencia, consciente de que las tradiciones no se decretan: se construyen lentamente.
Quizá lo más valioso de El centauro y el búho no esté en lo que afirma sobre cada autor, sino en lo que provoca. Cada ensayo abre una puerta. Invita a volver a los libros con otra disposición, con más atención. Y esa sigue siendo la función más honesta de la crítica: no cerrar interpretaciones, sino despertar la curiosidad.
Al final, el libro funciona también como un autorretrato. Aparece un lector constante, un ensayista que ha encontrado su tono y un crítico que no necesita imponerse para ser escuchado. En un medio donde la opinión suele confundirse con rapidez, esa serenidad resulta poco común.
Se podría decir que Basilio Belliard es una de las voces críticas más firmes y aventajadas de su generación, y que se convirtió en un escritor esencial de este tiempo.
Lo que queda, al terminar de leer El centauro y el búho, es algo más sencillo: la sensación de haber sostenido una conversación sin prisa con alguien que ha leído mucho, que recuerda lo necesario y que, sobre todo, ha aprendido a pensar lo que lee. Y eso, en literatura, sigue siendo una forma de elegancia poco común.
