Enriquillo Rodríguez Amiama y el arte de enseñar

Hay personas que llegan a nuestra vida para enseñarnos algo que, con el paso del tiempo, descubrimos que era mucho más importante de lo que imaginábamos. Enriquillo Rodríguez Amiama es una de ellas.

Lo conocí cuando acababa de instalarme en Santo Domingo, después de haber estudiado Historia del Arte en la Universidad de La Habana. Por entonces, Enriquillo era subdirector del Museo de Arte Moderno y tuvo la generosidad de invitarme a exposiciones, me presentaba artistas, me acercaba a conversaciones y encuentros y, sin proponérselo quizá, me ayudaba a encontrar mi lugar en el circuito cultural de una ciudad que comenzaba a sentir como propia.

Enriquillo ha construido una trayectoria sólida con más de cuatro décadas de dedicación a las artes visuales. Su obra, atravesada por distintas búsquedas y lenguajes, da cuenta de una permanente curiosidad intelectual y de una mirada inquieta sobre el mundo.

Hace poco, mi hija Isabel y yo tuvimos la oportunidad de tomar clases de pintura con él en el Jardín Secreto. Fue una experiencia reveladora. No porque termináramos convertidas, de repente, en grandes pintoras, sino porque Enriquillo consiguió algo mucho más valioso, nos hizo sentir que podíamos pintar.

Con paciencia, humor y una enorme capacidad para hacer del aprendizaje una experiencia lúdica, fue desmontando esa idea que muchos tenemos de que para pintar hay que ser artista, tener talento excepcional o haber pasado años frente a un caballete. Frente al lienzo, descubrimos que también se puede aprender jugando, probando, mezclando tonos y dejándonos sorprender por lo que aparece.

Enriquillo nos recordó que pintar no tiene por qué ser solemne; que aprender puede ser divertido; que el arte también puede ser un espacio de encuentro y que todos, incluso quienes jamás se han considerado artistas, podemos tener alguna vez el placer de crear algo con nuestras propias manos.

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