Gerardo Castilo Javier y la poética de la inmovilidad

El hombre que escribió antes de que llegáramos a comprenderlo

Isabel Evangelista
Especial para elCaribe

Hay escritores que producen libros. Hay otros que producen lectores. Y existen unos pocos cuya verdadera obra consiste en producir nuevos creadores y con ellos una nueva forma de mirar el lenguaje.

Escribir sobre Gerardo Casillo Javier representa para mí un desafío que trasciende el simple ejercicio académico. Haber sido parte de su salón de clases y formar parte de sus privilegiados oyentes no me hace ser merecedora de encapsular su vida y obra en unas cuantas líneas. Sin embargo, el hecho haberme encontrado con una investigación que uniera la lingüística y la literatura ha marcado un antes y un después en mi vida académica, dentro del escarpado mundo de las letras. Me refiero a la obra Poesía Inmovil. Fenómeno Fi del referido y apreciado autor.

Durante meses me he acercado a su obra desde la disciplina de la investigación, pero también desde el asombro. Mi primer contacto con la obra fue toda una experiencia que, aunque decida compartirla, dificilmente podría ser comprendida, porque pertenece al ámbito de lo profundamente individual. Cada vez que he intentado dialogar sobre la obra con algún compañero o académico, siempre termino expresándome de la misma manera: Mientras más me adentraba en ella más comprendía que Poesía inmóvil. Fenómeno Fi no significaba únicamente analizar un libro; implicaba aproximarse a una manera distinta de concebir la literatura.

Curiosamente, quien intente conocer al autor encontrará un vacío inesperado. En una época en la que la mayoría de los escritores documentan minuciosamente cada aspecto de su vida pública, sobre Gerardo Castillo Javier existen escasos registros biográficos accesibles. No abundan entrevistas, perfiles de su trayectoria intelectual. Esa ausencia me obligó a realizar algo poco frecuente en estos tiempos: acudir directamente al autor.

Gran parte de la información necesaria para comprender su formación y su recorrido académico fue suministrada por él mismo. Posteriormente, adapté esos datos al enfoque de mi investigación y le remití la nueva versión para que pudiera revisarla y sugerir las mejoras que considerara pertinentes. Su respuesta fue tan sencilla como reveladora: ´´Lo veo bien, sonrió, pero no sé qué decir. Cuando algo habla de uno, se siente raro´´

Aquellas palabras evidenciaron la humilldad de quien, pudiendo exaltar sus propios méritos, prefiere guardar silencio y dejar que sea su obra quien hable por él.

Y ahí reside una de las primeras lecciones que deja su figura: algunos escritores prefieren que sea la obra quien hable antes que la biografía.

En el proceso de esta investigación descubrí también algo que difícilmente aparece en un currículo. Detras del profesor universitario, del críitico y del poeta existe un formador de escritores. No únicamnete enseña literatura; la provoca. No transmite conceptos para ser repetidos en un examen. Despierta preguntas que permanecen abierta mucho después de terminada la clase.

En mi caso personal, esa influencia ha sido decisiva. Puedo afirmar, sin temor a exagerar, que Gerardo Castillo Javier se convirtió en una especie de mentor intelectual, al igual que otros académicos de la Escuela. Su permanente invitación a pensar la literatura desde otros lugares, su insistencia en no conformarse con las respuestas heredadas y su confianza en la escritura como herramienta de conocimiento terminaron por modificar mi propia relación con las palabras.

Gracias a esa inspiración y a una motivación constante, asumí con verdadera seriedad la tarea de escribir. No simplente como un ejercicio académico, sino como un compromiso intelectual. Comprendí que escribir constituye tambien una forma de investigar el mundo, comprenderlo y de comprenderse uno mismo. Como bien establece Paul Ricoeur: ´´Comprender un texto es comprendernos a nosotros mismos a través de aquello que nos dice el texto´´
Por eso considero que uno de los mayores aportes del maestro no se encuentra únicamente en sus libros, sino en las personas que ha impulsado a escribir. Porque un verdadero maestro no fabrica discípulos.

Forma creadores

Mientras avanzaba en el estudio de Poesía inmovil. Fenómeno Fi, empecé a sospechar que quizás estamos frente a una obra cuyo verdadero tiempo de comprensión aún no ha llegado. Toda innovación estética suele atravesar un período de resistencia. Las formas nuevas siempre parecen extrañas cuando todavía hablamos el idioma de las anteriores.
La historia de la literatura está llena de ejemplos semejantes.

Las grandes ruptura rara vez fueron reconocidas inmediatamente.

Por eso me pregunto si llamada Poesía Inmóvil no constituye uno de esos movimientos silenciosos que solo años después logran revelar la magnitud de su transformación.

No me interesa responder esa pregunta de manera definitiva. Prefiero dejarla abierta. Porque las respuestas apresuradas suelen empobrecer los descubrimientos.

Lo que sí puedo afirmar es que la propuesta desarrollada por Castillo Javier invita a reconsiderar algunos de los preceptos más estable de la escritura poética. Nos obliga a pensar nuevamente la función del lenguaje, la participación del lector y los límites mismos de aquello que llamamos poema. Tal vez por eso su obra resulte tan incómoda.

Toda obra verdaderamente innovadora obliga al lector a abandonar sus antiguas seguridades.

Existe otro aspecto que me resulta profundamente significativo: Nunca tuve la impresión de que Gerado Castillo Javier escribiera para escapar de su vida. Todo lo contrario. En él no existe esa separación frecuente entre el escritor y la persona. No deja su existencia suspendida para luego sentarse frente a una página en blanco. Su vida se continua escribiendo mientras escribe.

Quien tiene la oportunidad de conversar con el maestro reconoce rápidamente que existe una coherencia entre su pensamiento, su palabra y su obra. No es como que él diga, déjame ponerme la ropa de escribir. Es decir, no es un disfraz intelectual.

Es la prolongación natural de su manera de habitar el mundo.

Si lees uno de sus libro también sentirás la sensación de haber sido vivido antes que redactado. Incluso te da la sensación de sonreír dentro de su propia lectura cuando crees que has descifrado el código del laberinto.

En su caso, la pluma no funciona únicamente como intrumento de creación. Es el vestigio visible de una marca interior. Es la huella que deja una conciencia que ha decidido pensar la realidad mediante el lenguaje.

Después de recorrer su obra durante esta investigación, tengo la impresión de que el verdadero legado del Castillo Javier no consiste únicamnete en haber escrito una propuesta distinta de poesía. Su mayor legado podría ser haber demostrado que todavía es posible crear desde la autenticidad, sin obedecer las modas, sin someter la escritura a las exigencias del mercado y sin renunciar al rigor intelectual.

Quizas el futuro de la poesía no dependa de escribir más versos. Quizás dependa de atreverse a pensar nuevamente qué significa escribir un poema. Y si ese futuro llega, sospecho que quienes estudien la evolución de la poesía dominicana volverán la mirada hacia autores que, como Gerardo Castillo Javier, decidieron experimentar cuando todavía nadie reclmaba esa transformación. Entonces comprenderán que algunas obras no nacen para responde a su tiempo. Nacen para esperar al tiempo que pueda comprenderlas.

Y tal vez ese sea el destino de Pesía inmovil. Fenómeno Fi: no imponerse como una escuela, sino permanecer como una semilla. Porque las semillas no hacen ruido cuando caen en la tierra. Permanecen ocultas, casi invisibles, mientras preparan la posibilidad de un nuevo bosque.

Gracias maestra Ana Teresa Pereyra por colocarnos a Gerardo Castillo en el camino de las Humanidades y las Letras para nosotros.


Esta página es una colaboración especial para este suplemento.

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