La Fortuna Escarlata: crónica de Nassau

La llaman “la república pirata”, pero eso no alcanza para describirla…

Basilio Rodríguez Cañada
Especial para elCaribe

Capítulo 8: Destino sellado

El octavo amanecer desde la batalla los encontró navegando hacia un horizonte extraño. El aire se volvió más húmedo y pesado, cargado de aromas dulzones que no parecían pertenecer al mar abierto. Elías, en la cofa, fue el primero en verla: una línea oscura emergiendo del agua, coronada por montañas envueltas en nubes.

—¡Tierra a la vista! —gritó, con la voz temblando entre asombro y temor.

La cubierta se agitó de inmediato. Los hombres, cansados y hambrientos, dejaron a un lado la apatía para mirar hacia aquel destino que tanto dolor había costado. La isla se fue revelando poco a poco: playas de arena negra, acantilados cubiertos de selva, aves desconocidas volando en círculos. Era hermosa y ominosa a la vez, como una promesa envuelta en sombras.

El capitán Graves bajó del alcázar con el mapa en la mano, sus ojos brillando como brasas.

—¡Ahí está! —rugió—. ¡La Insula Somniorum! El tesoro de los sueños y las pesadillas. ¡La fortuna que hará temblar a reyes y emperadores!

Los hombres respondieron con un murmullo apagado. La palabra “sueños” tenía un filo extraño, como si resonara demasiado en sus mentes fatigadas.

Al acercarse, descubrieron que la isla estaba rodeada de arrecifes traicioneros. Graves ordenó izar los botes y dejar a La Fortuna Escarlata anclada mar adentro. Solo una parte de la tripulación desembarcaría.

Elías e Isabela fueron escogidos entre los primeros, junto a Graves y diez hombres más. El bote se deslizó sobre aguas turquesa, aunque debajo podían distinguir sombras de corales afilados como cuchillas. Cuando tocaron tierra, el silencio los envolvió. La selva parecía respirar, los árboles torcidos se alzaban como guardianes y los sonidos eran apenas susurros de insectos y aves ocultas.

El suelo estaba cubierto de raíces que parecían querer atraparlos. La humedad impregnaba todo, y cada paso era una lucha contra el barro y la maleza. Elías no pudo evitar sentir que habían cruzado a un mundo distinto, donde las leyes del mar ya no tenían poder.

Avanzaron siguiendo las marcas que coincidían con el mapa. El capitán lo consultaba a cada instante, como si temiera perder el rumbo por un segundo. Su obsesión era palpable: los ojos hundidos, las manos temblorosas, la voz ronca cada vez que ordenaba continuar.

—¿Lo sientes? —susurró Isabela a Elías mientras apartaba ramas con la daga—. Es como si la isla nos mirara.
—Sí —respondió él en voz baja—. Y no sé si le gusta lo que ve.

Tras horas de marcha llegaron a un claro. Allí, en el centro, se alzaban las ruinas de una antigua construcción de piedra cubierta de musgo y lianas. No era obra de los españoles ni de ningún imperio conocido: las piedras estaban talladas con símbolos extraños, semejantes a los del propio mapa.

Los hombres contuvieron el aliento. Algo sagrado y prohibido se levantaba ante ellos.

—¡Aquí! —exclamó Graves, con un brillo febril en la mirada—. Aquí está el corazón de la isla.

Ordenó excavar en el suelo del templo derruido. Los marineros, aunque reticentes, obedecieron. Con palas, dagas y hasta manos desnudas, fueron apartando tierra y raíces hasta que un sonido metálico resonó: un cofre enterrado bajo siglos de silencio.

El capitán cayó de rodillas y ayudó a desenterrarlo. El cofre era de hierro ennegrecido, con cerraduras corroídas y símbolos tallados que parecían advertencias. Al abrirlo, un resplandor dorado iluminó el claro.

Monedas, joyas, cálices y coronas relucieron bajo el sol. El tesoro era real. Más vasto de lo que cualquiera había imaginado.

Un murmullo recorrió a los hombres: risa, incredulidad, avaricia. Algunos comenzaron a pelear por tomar las primeras piezas, otros se arrodillaron como si vieran un milagro. Graves alzó una cadena de oro y gritó:

—¡Somos reyes! ¡Ningún poder en la tierra podrá igualarnos!

Pero Elías no compartía el júbilo. Algo en el aire había cambiado. Sentía el pecho oprimido, como si cada moneda tuviera un peso invisible que los hundía más en la isla. Isabela también lo percibió: lo miró con ojos oscuros, sin tocar aún el tesoro.

—No deberíamos… —murmuró ella, casi para sí misma.
Entonces ocurrió lo inesperado: Dawson, que había sido de los más críticos con Graves, se abalanzó sobre el cofre gritando:

—¡Es nuestro, no del capitán! ¡Basta de cadenas!
El caos estalló de inmediato. Hombres contra hombres, cuchillos desenvainados, gritos que resonaban en la selva como alaridos de bestias. La traición, latente desde la batalla naval, se desató frente al oro.
Elías agarró a Isabela del brazo y la apartó del tumulto.

—¡Tenemos que salir de aquí!
—¿Y dejarlo todo? —replicó ella, con la mirada dividida entre el cofre y él.
—Si nos quedamos, moriremos como perros.

En medio del caos, Graves rugía, defendiendo el cofre como un poseso. Sus ojos parecían más de un demonio que de un hombre. El oro había sellado su destino, y quizá también el de todos los que lo seguían.

Elías comprendió en ese instante que no había vuelta atrás: la isla los había atrapado, y lo que decidieran allí marcaría su vida para siempre.

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