elsa báez amorós
Especial para elCaribe
Clara tenía sesenta y dos años y las manos marcadas por el surco indeleble de la tinta. No usaba crema; decía que la grasa arruinaba las hojas frescas. Vivía en una habitación de madera y zinc en la parte alta del barrio, donde el techo retumbaba con la lluvia y el olor a humedad se batía en duelo con el vapor del café barato. Cobraba una miseria por comisión: unos cuantos pesos por cada ejemplar vendido que apenas alcanzaban para pagar el alquiler atrasado, un plato de víveres con huevo y la medicina de la presión. Pero su estatus no se medía en su monedero gastado. Clara se sabía depositaria de un sacerdocio. Era una mujer enjuta, de piel curtida por el sol inclemente de las avenidas, de ojos pequeños pero afilados que habían leído miles de titulares antes de que el país despertara. Tenía valores de una solidez casi arcaica: la honestidad brutal, la puntualidad del alba y una fe inquebrantable en la verdad escrita. Soñó de joven con ser periodista, con llevar una libreta de taquigrafía y ver su firma en las letras de molde, pero la pobreza de su casa la empujó a las calles a vender las historias que otros redactaban. Nunca sintió rencor. Para ella, sostener el periódico era sostener la memoria del mundo. Guardaba en su mente una hemeroteca prodigiosa: recordaba las fechas exactas de las grandes sequías, los nombres de los ministros corruptos olvidados por la amnesia colectiva y los rostros de los niños desaparecidos que solo ella seguía buscando en el recuerdo. Pero la ciudad se fue volviendo ciega.
Clara fue testigo directo de la masacre silenciosa. Años atrás, en la avenida, se juntaban hasta ocho mujeres en el mismo cruce. Cantaban los titulares como si fueran pregones de fiesta; se prestaban el agua, se acompañaban en el frío de las cinco de la mañana. Luego vino la peste de la prisa y la frialdad del cristal. Primero cerraron los diarios de la tarde; las rotativas dejaron de rugir al mediodía. Después, las empresas empezaron a recortar páginas, a despedir a los fotógrafos de calle, a reemplazar la investigación con párrafos redactados por máquinas para pescar la atención rápida de un público anestesiado. Las compañeras de Clara fueron cayendo una a una: a unas las echó la falta de ventas; a otras, el cansancio de las piernas golpeadas por el asfalto. Al final, solo quedaron ella y una anciana al otro lado del puente, dos sobrevivientes de un naufragio cultural. La crítica le quemaba por dentro. Veía a los conductores encerrados en sus cabinas de aire acondicionado, con los cuellos doblados hacia abajo, escroleando infinitos muros de basura digital, consumiendo mentiras empaquetadas en tres segundos, mientras los niños en los asientos traseros crecían con la mirada perdida en pantallas encandilantes, incapaces de sostener un pensamiento largo, de oler la madera transformada en hoja, de aprender a pensar con paciencia. La sociedad no solo estaba dejando morir el periódico impreso; estaba sacrificando su propia capacidad de recordar. Sentía que si el papel se extinguía, la gente quedaría a merced de una realidad volátil que se borra con un click. Esa mañana, el dolor superó a la resignación.
Agarró un pedazo de cartón sucio de una caja de aceite, buscó un marcador negro y escribió con un trazo tembloroso pero furioso: «LA PANTALLA TE VENCE, EL PAPEL TE HACE LIBRE. Leer en la mañana le enseña a sus hijos a pensar, no a obedecer. No deje que le borren la historia. ¡EL PERIÓDICO IMPRESO ES LA MEMORIA QUE NOS QUEDA!» Se plantó en el mismo corazón del islote del semáforo. Llevaba su delantal desgastado, sus chancletas de goma y los únicos doce periódicos que la distribuidora le había entregado esa madrugada. Amarró el cartón a su cuello con un pedazo de pita. No le importaba parecer una demente a los ojos de la masa indiferente. Sentía el pecho henchido de un orgullo quijotesco: era la última trinchera contra la estupidez humana. El semáforo cambió a rojo. La masa de hierro se detuvo. A tres vehículos de distancia, un hombre maduro en un sedán negro bajó la ventanilla con desesperación y agito un billete. Esa mañana, en la página catorce, salía un artículo con su nombre; un pequeño logro profesional que necesitaba tocar, oler y guardar en un marco para convencerse de que su vida había tenido algún sentido. Clara vio la seña. Un chispazo de triunfo le iluminó el rostro curtido: ¡Aún hay alguien que necesita la verdad! Apretó el paquete de diarios contra el costado y corrió entre los carrilera, esquivando los espejos retrovisores con la agilidad de sus viejos tiempos. Pero antes de llegar a la puerta del sedán, un limpiavidrios joven, con los ojos inyectados en sangre por el vicio y la miseria, se cruzó en el camino. Roció el parabrisas con un líquido turbio y comenzó a golpear el cristal con el harapo, exigiendo dinero con una agresividad animal, acorralando al conductor. —¡Apártate! —gritó Clara, interponiendo su cuerpo enjuto con la dignidad invencible de quien defiende un templo sagrado—. ¡Déjalo en paz! ¡Aquí estamos trabajando gente honrada, respeta el pan ajeno! El limpiavidrios la empujó con desprecio. Clara no retrocedió; le cruzó el cartón en el pecho como un escudo. El muchacho, fuera de sí por la furia del síndrome de abstinencia y la humillación, sacó un punzón casero del bolsillo y arremetió a ciegas. El metal frío atravesó la tela raída de la blusa de Clara. Una, dos, tres veces. Un rugido metálico tapó sus ahogados gemidos: el semáforo cambió a verde.
La masa de autos comenzó a avanzar violentamente. El limpiavidrios echó a correr perdiéndose entre el callejón del barrio. El hombre del sedán, aterrorizado al ver la sangre manando sobre el capó y empujado por el grito ensordecedor de cientos de bocinas que le exigían avanzar, aceleró despavorido y desapareció en la corriente. Clara se desplomó sobre el asfalto hirviente. El dolor físico era un hilo lejano; lo que le dolía era el estruendo de esa ciudad que caminaba ciega sobre su propia ruina. A pocos centímetros de sus ojos, bañado por el charco espeso y oscuro que brotaba de su pecho, quedó el último ejemplar del día. La pancarta de cartón quedó doblada a su lado. Con los dedos manchados por la mezcla de su propia sangre y la tinta fresca, Clara hizo un esfuerzo sobrehumano y apretó el borde del periódico. Se lo llevó milagrosamente cerca del rostro para aspirar, por última vez, ese perfume a madera, a prensa, a dignidad. Cerró los ojos lentamente. En el silencio final de su mente, su prodigiosa memoria comenzó a desplegar las páginas del pasado: escuchó el canto lejano de sus antiguas compañeras en la avenida, sintió el retumbo de las grandes rotativas girando a medianoche y repaso, palabra por palabra, cada titular que intentó salvar del olvido. El semáforo volvió a cambiar a rojo, pero en la avenida ya no quedaba nadie para vender la historia. El periódico impreso no murió en los balances de una junta directiva; murió desangrado en el asfalto, apretado en las manos de su última, más pobre y más fiel devota.
Esta página es una colaboración especial para este suplemento.
