Microrrelatos de Niurca Herrera Mejía

Nuestra invitada en “Espejo de tinta” es la escritora Niurca Herrera Mejía: escritora, deportista y gerente. Miembro del Taller Literario Narradores de Santo Domingo y del colectivo Mujeres de Roca y Tinta. Ha publicado en importantes antologías, entre ellas El fondo del iceberg, Sospecha colectiva, 13 después de las 6:00, Voces de arena y sal, Abrazos del Sur (2013 y 2015), Se nos fue poniendo viernes la tarde, La minificción en República Dominicana, Sororidad, Ellas narran y la Antología Virtual de Lectures d’ailleurs, de las universidades de Burdeos y Poitiers, Francia. Asimismo, ha dado a conocer los libros Salto al cuento, Corticos, cortos y no tan cortos, Pollo cojo y La tortuga presumida. Su cuento A cualquier lugar obtuvo el tercer lugar en el concurso Alianza Cibaeña, mientras que Desperdigadas alcanzó el primer premio en el Festival Literario del Sur.

Recuerdo la tarde en que Niurca Herrera llegó al Ministerio de Cultura para integrarse al Taller Literario Narradores de Santo Domingo. Me comentó que René Peguero, amigo y compañero de inquietudes literarias, le había hablado del grupo y que deseaba iniciar seriamente el oficio de escribir. Venía con disposición de aprender y con una convicción poco común. Desde el año 2011 ha sido una participante constante y entusiasta de nuestras reuniones y actividades.

Una de las ideas que siempre defendió fue que la escritura no debía quedarse únicamente en la pasión o en el ejercicio íntimo de la vocación, sino convertirse también en un libro capaz de encontrar lectores y abrir caminos. Recuerdo que un día me dijo, con la firmeza característica de su espíritu banilejo: “Mire, Amaro, muy bien eso de la pasión literaria, la vocación y el llamado que usted y Héctor Santana enseñan con tanto entusiasmo, pero lo que producimos aquí también puede venderse”. Y así lo ha demostrado. Niurca nos enseñó que los libros pueden escribirse, circular y viajar junto a sus autores. En los últimos años ha participado en diversos eventos internacionales en Perú, Boston, Nueva York y Miami, entre otros lugares, llevando siempre sus obras consigo, compartiéndolas con el público y acercando la literatura a nuevos lectores.

Los microrrelatos que hoy presentamos se distinguen por su especial brevedad, intensidad expresiva y manejo eficaz del giro sorpresivo como recurso narrativo. Sus textos exploran conflictos humanos y sociales vinculados con la violencia, la muerte, la memoria, el deseo, la desigualdad y las relaciones de poder, abordados desde una mirada crítica y, en ocasiones, atravesada por la ironía. En esto último, es terrible y mordaz. La autora posee la capacidad de condensar emociones y tensiones complejas en pocas líneas, logrando relatos de gran impacto mediante finales contundentes y atmósferas cargadas de tensión. A ello se suma una escritura ágil y sugerente, donde conviven el humor negro, la denuncia social y una notable sensibilidad humana.
¡Adelante, guerrera!

INTELIGENCIA FEMENINA
Cuando él empezó a verlo todo claro, ella apagó la luz.

EL RÍO
Se presentó con título de propiedad en las manos, exigiendo su territorio. No les dio tiempo a empacar sus pertenencias. Los trató como lo que eran… invasores.

HOY ES VIERNES Y CINDI LO SABE
Los viernes por la noche Cindy se apodera de mí. Se pone mi mejor vestido, se maquilla como si fuera a salir en televisión y sale de cacería. Frecuenta restaurantes y hoteles caros. Con trucos de puta cándida, se las ingenia para regresar acompañada.

En el departamento me hace presenciar su rito sexual. A veces me invita a hacer un trío. Hasta aquí ella me simpatiza. Confieso que disfruto tanto ver como participar. Pero el final siempre es igual: ella se marcha dejando todo el reguero. Yo tengo que deshacerme de los cuerpos. La carne humana ha empezado a repugnarme.

PRESENCIA INOPORTUNA
Hace rato que noto tu presencia. Me rondas como queriendo acercarte. Yo te miro de reojo y pienso en la satisfacción que representaría ponerte una mano encima. A veces parece que vienes derecho hasta mí y me preparo, pero luego te devuelves y te pierdes entre la gente y me quedo con las manos vacías.
Yo sé que tus propósitos no son buenos, que de consumarlos terminaremos a la fuerza emparentados, que puedes hacerme daño. Sin embargo, estoy avisada y no dejaré que me incites. Por fin veo que avanzas hacia mí. Te detienes un poco, das unas cuantas vueltas a mi alrededor como buscando el lugar indicado. Te decides de una vez y vienes directo, atrevido. Preparo la mano. Cuando estás lo suficientemente cerca, la aprieto de un solo movimiento con fuerza, luego la abro lentamente para que no te escapes y estás ahí, en medio de mis dedos, aplastado.

¡QUÉ RICO!
Comenzó observándolo con malicia, con curiosidad de niño, con deseos. Luego lo acarició apaciblemente con la punta de los dedos, sintió su masa firme, pero suave al tacto. Está al punto, pensó y se le hizo agua la boca. Provocaba introducirlo por completo en la boca. Estaba seguro de que entraba sin problemas, tenía el tamaño perfecto.

Trató de establecer por donde comenzar el festín, si por arriba o por abajo. Luego de un escrutinio minucioso, decidió iniciar por arriba para ir bajando lentamente hasta la mejor parte, más rica y placentera. Empezó con pellizquitos suaves, como para no terminar nunca. Disfrutó cada pellizco, cada mordisco, cada movimiento. Al finalizar, se quedó mirando la provocadora semilla y la lamió extasiado. Pasó lentamente la lengua por la punta, la introdujo por completo en la boca y la chupó una y otra vez hasta dejarla sin gusto.

Al terminar llevó las manos a la nariz y aspiró su aroma único y peculiar, luego exclamó:
“¡Dios, qué rico… Qué viva el mango banilejo!”

EL FUTURO
“El futuro está al doblar de la esquina”, decía mi madre cada vez que yo caía en una depresión producto de la situación económica. Yo creí en sus palabras cuando terminé el bachillerato, pero cuando tuve que hacer de tripas corazones para ingresar a la universidad, dudé.

Volví a creer, cuando a pesar de las adversidades, logré obtener un grado universitario, pero el andar de empresa en empresa con el título debajo del brazo, me hizo dudar de nuevo. Cuando conseguí mi primer empleo. Al poco tiempo me ascendieron y obtuve un préstamo para comprar un vehículo, volví a creerlo, pero el día que el camión de la basura lo desbarató, estacionado al frente de la casa, dudé. Sí, dudé otra vez.

Cuando la empresa sirvió como garante para que los empleados pudiéramos obtener un préstamo hipotecario para viviendas, me retornó la fe. Cuando perdí mi empleo, la casa y los ahorros de toda la vida pensé, en realidad: “No tengo futuro”. Temí que mi madre estuviera equivocada.

Hoy me encontré con mi futuro. No llegó de la forma que lo esperaba: un hombre culto y adinerado que me quisiera mucho ni llegó como el título de propiedad de una casa o vehículo, ni como un viaje por países exóticos ni como un nuevo trabajo.

Estaba justo al doblar de la esquina, como decía mi madre. Primero lo percibí con el olfato, miré al suelo y estaba ahí… embarrando mi zapato.

PREFIERO SALUDARTE
El anciano, desconsolado desde su viejo sillón, observaba el corazón de cartulina que había realizado para ella el día que saldría del hospital. Era enorme, con letras distorsionadas en escarcha dorada decía: “¡Bienvenida a casa, vieja!”. Bienvenida a casa, vieja, repetía, mientras miraba su fotografía a través de la nube de humo que salía del tabaco de marihuana medicado y se hundía poco a poco en el fondo de la botella de alcohol sin prescripción. La mente, desgastada por la enfermedad, se resistía a comprender la situación. ¿Cómo era posible que fuese ella, la fuerte, que nunca enfermaba, que lo cuidaba día y noche desde que le diagnosticaron cáncer terminal? ¿Cómo podía estar ella muerta y no él? No encontraba respuesta.

Maldijo y acusó de injustos a Dios, la vida y los hospitales con sus médicos. Miró la foto tomada en la boda de oro en la que unían sus labios arrugados e intercambiaban miradas de agradecimiento, y comprendió que no volvería a verla, que no le diría nunca más “¡Hola vieja!”, que al día siguiente tendría que ir a la funeraria para decirle adiós. Repitió la palabra de despedida en voz alta, no le gustó como sonó. Empinó la botella hasta el fondo. Empañó los sentidos y fulminó la cordura con una larga chupada al cabo del cigarro. Arrimó el sillón a la ventana. Con una sonrisa y los brazos abiertos, se arrojó al tiempo que gritaba “¡Hola viejaaaaa!”
…Plash.

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