Microrrelatos de Yunier Riquenes García

Valentín Amaro
Especial para elCaribe

Esta semana en “Espejo de tinta”, nuestro invitado es el escritor y periodista cultural cubano Yunier Riquenes García, quien es Licenciado. en Letras y Maestro en Estudios de Lengua y Discursos, por la Universidad de Oriente, Cuba. Ha dirigido varias editoriales y revistas en su país. Es cofundador de la multiplataforma Claustrofobias Promociones Literarias (www.clastrofobias.com) que promueve la literatura cubana. Ha recibido diversos premios en literatura y periodismo y ha publicado más de 30 libros de diferentes géneros: periodismo, poesía, novela, cuento, investigación y literatura para niños. Su publicación más reciente es la novela La edad de las ataduras, Ediciones Dyskolo, 2025. Actualmente estudia el Doctorado en Letras Modernas en la Universidad Iberoamericana. Estos textos forman parte del libro Las coincidencias publicado en Cuba por Ediciones Matanzas en 2019, solo de circulación nacional.

A Riquenes lo conocí en una Feria Internacional del Libro de Santo Domingo. Llegó con su maleta cargada de sueños y su andar quieto, apasible. Me place presentarle con estos microrrelatos, donde indaga y curcutea de forma crítica las complejas dinámicas de poder, la violencia normalizada y las paradojas morales que atraviesan la vida social, política y afectiva. A través de situaciones cotidianas llevadas a un límite inquietante, se revela cómo la colectividad legitima la exclusión, el castigo y el sacrificio del individuo en nombre del orden, la utilidad, la justicia o el progreso. De igual modo, en su turno de cronista, el escritor denuncia la manipulación discursiva, política, institucional o simbólica, que convierte a personas y cuerpos en instrumentos reemplazables, ya sea en el ámbito laboral, familiar, militar o cultural. El resultado es una mirada lúcida, terrible y perturbadora sobre sociedades que aplauden, deciden por unanimidad o celebran sin advertir que, en ese mismo gesto, consagran la deshumanización.


LA CAMPAÑA
Apostaron por él.

—Es el único que entiende el sistema —dijo la ingeniera.

—El que me destraba los procesos económicos.

—Él es quien hace los contactos con los compradores y los canales de televisión —dijo la relacionista pública.

—El único que defiende a los trabajadores —dijo el presidente del sindicato.

—Entonces, ¿están de acuerdo con la propuesta? —interrumpió el presidente de la asamblea—. Que levanten la mano los que están de acuerdo.

Levantaron la mano, aprobaron por unanimidad la expulsión.

LA JUSTICIA DEL PERRO

La niña tironeaba al perro por las guatacas. Lo arrastró desde el patio hasta el portal. Los vecinos reían.
—Guapa la niña, rabiosa. Hay que tener cuidado cuando crezca.

El animal se dejaba arrastrar, ni siquiera se quejaba.

—Pobre —dijo una señora que se detuvo a mirar—. ¿Qué será de ella cuando crezca?
La niña iba a lanzar al perro por las escaleras. La gente seguía riendo a carcajadas. Aplaudían.
La señora se tapó los ojos. Solo ella intuyó que el perro había premeditado la mordida.

LA MANO LEVANTADA

El jefe preguntó quién tenía un perro. Se levantó una mano. El resto se burló de aquel, tener un perro que se echaba a su lado cuando olía su tristeza, un perro que lo guiaba en la borrachera, un perro que lo salvó de maleantes.

El jefe mandó a callar. Eso quería. Habló de la relación amorosa y la lealtad entre el hombre y el perro. Ninguna persona podía ser tan leal.

El que levantó la mano se entusiasmó tanto que habló de los masajes que le daba en las patas, los horarios de comidas y las salidas para que hiciera sus necesidades, lo acompañaba cuando corría para evitar el asma.

El jefe también lo mandó a callar.

—Aquí tienes —dijo—, un garrafón de gasolina, una pala, y un revólver. Para entrar a la banda hay que probarte. Escoge tú, dinos cómo lo vas a matar.

LA CAMA

Aquellos dos miraban la cama grande como un niño mira un juguete. Subían y bajaban la calle. Se detenían en la vidriera; disputaban la derecha, la izquierda, los pies y la cabecera.

Comenzaron a vender lo que pudieron. Fueron quedándose sin cuadros, floreros, muebles, sin la vajilla ni las prendas. Vendieron todo, pero no fue suficiente.

Dormían en una cama personal. Sentían la respiración, el mínimo sudor o movimiento.

Un día él trajo un poco de dinero y no explicó cómo, de dónde; otro día ella apareció con otro poco de dinero y no detalló de dónde, cómo. Fue suficiente.

Salieron con una carretilla y no le permitieron a nadie que los ayudaran; cargaron a casa la cama grande.

En la noche uno estaba en el extremo izquierdo y otro en el derecho. Aquellos dos no volvieron a ser uno ninguna otra noche. La cama grande dejaba mucho espacio vacío.

LA ANTORCHA

Cuando el poeta se presentó ante el auditorio un hombre le dijo a otro la cifra que había recibido por el premio. El otro hombre aseguró que el escritor compraría una casa, levantaría la cerca bien alto para que los borrachos no le dañaran el jardín, para que las orquídeas pudieran fijarse en el tronco de la mata de coco.

Una mujer soñaba con ser algún día la esposa del poeta.

El poeta llegó al micrófono y sin leer verso alguno dijo: La escritura es una antorcha.

Los dos hombres se miraron cómplices y sonrieron, la mujer hizo un gesto apasionado.

Cuántos poetas ansiaban estar allí, pensaron los hombres y la mujer.

El poeta volvió a hablar sobre el proceso de escritura, hizo silencio. El público rompió un aplauso cerrado.

El poeta tomó un poco de agua y comenzó a leer: ahora sin hablar, pensando en el dolor, el poema… Otra vez silencio.

Los hombres vuelven a recordar la suma de dinero que ganó el poeta; la mujer suspira.
Solo el poeta conoce lo que perdió para poder escribir aquel libro.

LA RECONCENTRACIÓN

No faltó por citar a ninguna mujer. Siempre existió algún valor destacable, si no era por su profesión era como madre, hija, esposa, o por ser buena amante.

Vestían las mejores joyas y vestidos, los polvos más caros, los zapatos más elegantes. Les otorgarían mejores puestos de trabajo, salarios y seguros. Cuidarían mejor su alimentación y salud. Había que respetar por fin los derechos de la mujer.

Pusieron una gran pantalla. Lo anunciarían a las cinco de la tarde.
Las mujeres vieron imágenes de sus hijos escapando del país: en un pedazo de tabla, en un tronco. Rompían las alambradas, caían por las balas en la frontera. Las mujeres comenzaron a llorar.

—Que den un paso al frente las que no estén de acuerdo con la partida de los hijos —dijo una voz en off.

Algunas dieron un paso al frente. Pero hubo otras mujeres que se resistieron, preferían la partida o la muerte de los hijos. Otras se quedaron, indecisas, a medio andar. Las mujeres quedaron dividas en tres grupos.

Aparecieron las fuerzas militares a las cinco de la tarde. No importaba si era casi niña, si estaba embarazada, o si sobrepasaba los sesenta. Debían contribuir, la población estaba envejecida y había que mandar hombres para la guerra.

ORDEN PÚBLICO

Alguien avisó a la policía. Justo en la primera hora de la madrugada encendieron el carro y le dieron el máximo volumen al reproductor de música. El ruido sacaba a cualquiera de la cama.

Se escuchó el llanto de un recién nacido, la tos ininterrumpida de un viejo y los ladridos de un perro, pero ellos siguieron en la esquina.

Les arrojaron aguas calientes y pútridas, biberones, piedras, cabillas; ellos continuaron con la música, hembras y varones al mismo compás, con la misma energía. Un disco y el mismo disco, una canción y otra vez la canción.

Por fin la policía los detuvo. Salieron algunos a preguntar qué había sucedido. Tenían los oídos taponados.

En el juicio los declararon culpables. ¿Por qué?, preguntó uno. ¿Qué hicieron?, preguntó una señora.

El juez leyó la sentencia. Todos irían en la misma celda. Hembras y varones en la misma estrechez, apretados por los altavoces y bocinas pequeñas hasta en las almohadas. Escucharían la música que detestaban. Y cuando estuvieran durmiéndose le pondrían otro tema más insoportable.

Rieron a carcajadas al escuchar el veredicto, burlándose. Soportaron felices las primeras horas, las segundas y las terceras. Pero cuando quisieron dormir, no pudieron; quisieron sentarse, caminar, y tampoco fue posible.

Por fin tuvieron paz, silencio interior. La música seguía alta por los altavoces y las bocinas.
Habían dejado de oír, de sentir las vibraciones.

Esta página es una colaboración especial para este suplemento.

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