Una temporada sinfónica permite medir la salud de una orquesta nacional: apuestas, homogeneidad, resistencia y transparencia orquestal, que pueden mostrar noches o momentos desiguales. Con esta premisa, para quien suscribe, la Temporada Sinfónica 2026 de la Orquesta Sinfónica Nacional (OSN) merece evaluarse más por la dirección hacia la que empujó que por pretender que cada compás haya alcanzado una perfección inexistente incluso en grandes orquestas
La temporada comenzó planteando una exigencia poco habitual: abrir con la Séptima de Dvořák y la Quinta de Shostakóvich, dos sinfonías densas, de enorme peso estructural, juntas en una misma noche, que obligaron a la OSN a presentarse con una declaración de intenciones. Había que sostener arquitectura, tensión y discurso en dos obras que castigan cualquier dispersión. Aquella apertura definió el tono de lo que vendría: una temporada concebida para medir hasta dónde podía llegar la principal orquesta del país cuando el repertorio apunta a la apuesta más que a la cómoda tradición cosmética
Ese punto de partida permite leer toda la temporada como una progresión. El segundo concierto cambió de paisaje con Dukas, Saint-Saëns, Fauré, Rimski-Kórsakov y Falla, bajo la dirección de Jaime Morales y con Adriana Garcell como solista. La programación exigió otra clase de precisión: color, transparencia, flexibilidad rítmica y capacidad narrativa. Aquella noche mostró que una orquesta debe cambiar de idioma sin perder su identidad, pasando del dramatismo centroeuropeo a la sensualidad francesa y española sin convertir cada estilo en caricatura.
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Cambiar de pie
La tercera cita añadió otra capa. Santy Rodríguez asumió la dirección de un programa que combinó la música de José Antonio Molina, el Concierto para violín de Mendelssohn, con Scarlett Martínez como solista, y la Segunda Sinfonía de Rachmaninoff. El gesto tuvo una lectura musical e institucional: convivían un compositor dominicano vivo, una joven violinista de proyección y un director formado dentro de una tradición que reconoce en Molina una figura de mentor. La temporada mostró algo que las estadísticas y los críticos rara vez explican: una orquesta también se construye mediante transmisión, confianza y relevo.

Ahí aparece uno de los rasgos de 2026: la OSN puso en escena diferentes generaciones de músicos dominicanos dentro de una programación que podía dialogar con los grandes títulos del canon. Adriana Garcell pasó del atril habitual a una posición solista, Scarlett Martínez se presentó ante la orquesta en Mendelssohn, Santy Rodríguez asumió sus responsabilidades de primer nivel. Y Nathalie Peña-Comas, como una más de la tropa, se incorporó a la clausura junto a Joyce DiDonato. Esa secuencia muestra a la institución como plataforma donde la continuidad artística puede hacerse visible ante el público.
Wagner como prueba de madurez
El cuarto concierto llevó esa ambición a otro terreno. Un programa dedicado a Wagner requiere preparación, resistencia y comprensión de la arquitectura sonora. Molina dedicó semanas a ese repertorio y la respuesta escénica dejó momentos reveladores, desde la energía física de la dirección hasta el efecto de los metales puestos de pie en Lohengrin y el impacto de la coda de Tristán e Isolda. Ante páginas menos familiares, hubo vacilaciones sobre cuándo aplaudir, un detalle que recuerda que una temporada sinfónica también educa la escucha.
Programar Wagner antes de Mahler tuvo una lógica interna. El tamaño de la orquesta, la amplitud de las frases y el trabajo con los metales preparaban al conjunto y al oyente para un final de mayor escala. La Segunda de Mahler exige prácticamente todo: control de masas sonoras, transición entre mundos expresivos, disciplina de conjunto, resistencia, coro y voces solistas. Llegar a ella después de cuatro programas tan distintos convertía la clausura en algo más que una gala conmemorativa.
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El aniversario que obliga a mirar adelante
Finalmente, la “Resurrección” de Mahler reunió en el Teatro Nacional a Molina, DiDonato, Peña-Comas, la OSN y el Coro Nacional Dominicano en la celebración conjunta de los 85 años de la orquesta y los 40 de Fundación Sinfonía. La elección de la obra era coherente con una temporada que había incrementado su dificultad y escala. También obligaba a recordar que una orquesta de esta dimensión depende de una estructura institucional capaz de sostener programación, invitados, producción, formación de públicos y continuidad.
Fundación Sinfonía entra aquí como parte esencial de esa historia. Cuatro décadas de acompañamiento a la vida sinfónica dominicana explican buena parte de la capacidad de articular proyectos que sobrepasan la rutina de concierto. El aniversario ofreció una oportunidad para medir resultados y exigir futuro. Una temporada ambiciosa pierde valor si queda como excepción celebratoria, el verdadero reto comienza cuando desaparecen las cifras exepcionales y vuelve la normalidad presupuestaria, administrativa y artística.
Ese es el balance más interesante de 2026: la OSN mostró amplitud de repertorio, capacidad para asumir lenguajesdiferentes y una voluntad de riesgo que conviene preservar. También dejó preguntas abiertas sobre consistencia, planificación, desarrollo de audiencias, renovación de repertorios y continuidad de las nuevas generaciones dentro de la programación regular.
Después de Dvořák, Shostakóvich, Wagner y Mahler, la orquesta demostró que tiene el músculo para metas mayores. El 85 aniversario termina y la temporada siguiente tendrá que responder una pregunta más exigente que cualquier partitura: ¿qué hará la OSN con todo lo que acaba de demostrar que puede ser?
