Poemas de Elena Ramos Grullón

Valentín Amaro
Especial para elCaribe

Esta semana en Espejo de Tinta, nuestra invitada es Elena Ramos Grullón, nacida en Santiago, República Dominicana, en 1986. Licenciada en Ciencias Sociales, cuenta con maestrías en Historia Dominicana y Literatura, y actualmente cursa la carrera de Letras Puras. Ha complementado su formación con talleres de locución, oratoria, teatro, narrativa, ensayo y poesía.

Desde pequeña sintió una profunda atracción por el discurso elaborado, las imágenes literarias y los mundos oníricos, por lo que ha escrito desde que tiene uso de razón. En 2016 obtuvo el primer lugar en el concurso de ensayos literarios del Ministerio de Cultura. Asimismo, fue galardonada en el Concurso Literario de Cuento Premio Joven de la Feria Internacional del Libro, recibiendo una mención de honor en su vigésima edición y el primer lugar en 2019. Para Elena, escribir es «soñar que se está muriendo y resucitar con la belleza de un sueño que va más allá del misterio de una vida inerte».

A la par de su intensa labor en la gestión cultural, donde destaca por su dedicación y dinamismo constante, Elena Ramos sobresale en la literatura emergente con una voz propia, intensa, colorida y libre.

Los poemas que presentamos a continuación nos hablan de la fragilidad de los afectos, la nostalgia y la exploración cruda de la intimidad. A través de una lírica sensorial y evocadora, la autora transita de la sutileza de la naturaleza a los abismos del dolor, el deseo y los recuerdos. Su poesía conmueve por su capacidad para transformar el quebranto en luz sanadora, revelando a una creadora audaz que se adentra en la penumbra para edificar su propio mundo, su propio lenguaje.

INSTANTE
Hojas verdes, suave sol que las acaricia.
Cuánta belleza perdida,
incontables miradas, cuajados amores:
manantial de rocío.
FLOR DE OTOÑO
Frente a la ausencia que germina en tu cuerpo,
el corazón se me parte en dos.
Tu olor agrio lo confirma.
¿A dónde fuiste, flor de otoño?
¿Por qué me abandonas sin previo aviso?
Sangran mis lágrimas,
se derrite el deseo de seguir viviendo.
Llévame contigo,
no me dejes tan ausente de ti.
EL MAL SE METE ENTRE TUS PIERNAS
Como una mano, el mal se desliza por las sales que derrama su piel;
sueña.
Ella sube un poco más,
explora su sexo,
su angustia vaginal.
La mano, no, el hombre y toda su virilidad se atenúan en su interior.
Suspira, se sumerge.
Ella se percibe completa.
Despierta desnuda,
despierta sobre la serpiente que una vez fue el hombre que soñó,
despierta sobre el verano que siempre anheló.
LABIOS DORMIDOS
Jardín silencioso,
labios cultivadores de llamas inexistentes,
cuerpo de doncella que se deja guiar por las aguas de un río sin retorno.
Placeres ausentes se plasman en su virgen esencia,
placeres grises se dispersan en la memoria.
Existencia adormecida,
sabor de hombre que una vez soñó.

ENTRAÑAS DEL INFIERNO

Hoy recorro sin quererlo el camino más tenebroso de mi alma. Oculta, disipo la mirada de los pájaros, de sus patas. Ignoro todo lo que hay más allá, salvo sus ruidos; esos me alcanzan, me enloquecen. Camino lento porque temo hundirme. Las curvas se agigantan, miles de ojos llenan la oscuridad por la que camino, lo invaden todo y, aunque parecen arrojar luz, sigo a oscuras, metida de cabeza en la cuestión de ser nada o tratar de renacer entre esta tiniebla que se abalanza contra mi espíritu.

Afuera el silencio reina junto a una primavera que no veré más; afuera está ella, mi madre, lamentándose, lamiéndose la herida que le ha causado mi huida. ¡Qué hija le tocó a esa pobre mujer!, ¡qué desdichada se ha vuelto!, cuánta soledad la embarga.

Busco en el corazón de gaviota que guarda mis recuerdos, pero no encuentro nada. Solo un montón de golpes que se desvanecen entre odio y rencor, que se metamorfosean con la niña que he perdido.

Me oculto entre las penas que no me abandonan, esas que se compadecen de mí cada vez que recibo otro golpe. Otro golpe que se pega en mi espalda y que, al igual que las penas, parece ser parte de lo que no pretendí ser nunca: una golondrina precoz. Lloro y el suelo se desvanece con mi llanto. Lloro y el viento se evapora.

Una tumba se antepone en mis recuerdos, mi nombre surge intrigante. Un adiós me levanta, me guía hasta el oleaje de su amor, amor de un dios caprichoso que se baña con mis dolores y que a menudo pare golpes y golpes como si de una fábrica se tratase. Dios que, como Zeus, hace lo que le da la gana. ¡Maldito dios, maldito recuerdo y maldita sea mi memoria por estar tan llena de cosas tan vagas!

Divago y el que me lee lo sabe. Divago y me importa un bledo lo que digan los demás porque no vivo, aunque pretenda vivir, porque sueño mientras escribo, porque muero mientras pienso y, tal vez, solo tal vez, cree.

Una luz, sí, una sola luz me acompaña en esta penumbra impertinente, una luz que calla, pero que también florece con cada lágrima que rueda hacia el papel. Luz de madre y viento, esa que se mete en mi ser sin desearlo y que a cada paso evita que me deshaga de lo poco que todavía germina: un sol de otoño marchitado.

Ando de prisa sin andar, camino como un manatí que ha perdido la memoria, como un cocodrilo herbívoro, como una serpiente que a la sombra no quiere ir. ¿Y vivo? Eso parece o dicen los que me ven caminar, los que se llenan las bocas con mis defectos; esos, los nadie y los muertos que me rodean.

Camino en mis adentros, pero me doy cuenta de que nada hay entre todo este marasmo y, entonces, me dejo guiar y continúo hacia las profundidades de mi ser, hacia el adiós que dejó clavado aquel sátiro que robó mi inocencia.

Llueve por dentro y me ahogo entre la creciente de rencores que arrastra la lluvia. Me ahogo y muero, me dejo ir, y me olvido de mí, me olvido del réprobo que sumergió mi alma en las entrañas del infierno.

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