Valentín Amaro
Especial para elCaribe
Nuestra invitada en “Espejo de tinta”, es Zingonia Zingone es una poeta, narradora y traductora italiana que escribe en español, inglés y italiano y francés. Es autora de ocho libros de poesía publicados en diferentes idiomas y países. La antología más completa de su obra se encuentra en Colombia, editada por Colección Anverso en dos volúmenes: El canto de la Sulamita (2019) y Otras Tierras (2025). Es traductora al italiano de Claribel Alegría (Premio Camaiore 2016), Hugo Mijica (Premio LericiPea 2025) y Osvaldo Sauma, entre otros.
Recuerdo a nuestra poeta en el Festival de Poesía de Santo Domingo y cómo disfrutamos la experiencia de escucharla, admirando la sencillez y profundidad de sus versos. Esta muestra de su poesía se caracteriza por una mirada profunda y sensorial que convierte la experiencia cotidiana, el paso del tiempo, la fe y los vínculos humanos en materia de reflexión poética. Su escritura combina imágenes de gran fuerza visual con una expresión contenida, capaz de transitar entre la intimidad y una conciencia crítica ante las contradicciones, heridas y esperanzas del mundo contemporáneo.
En su universo poético convergen lo espiritual, lo corporal y lo existencial, en una búsqueda constante de sentido, donde la palabra se convierte en espacio de revelación, incertidumbre y asombro.
MAÑANA
Decir que no termina este viaje
es adivinar su comienzo.
Poner toda la vista en el ojo del ciego.
Andar solo sintiendo
sin saber de auroras.
Tropezarse en lo afilado
y sangrar por ello.
Levantarse roto. Agradecido.
Oler la lluvia
escuchar su traqueteo en los techos del barrio.
Arrugarse en la piel del otro
y apoyarse en su bastón.
Dormir y despertar al compás del pecho.
Saber desde esa oscuridad
que terminar es verlo todo.
EL CUERPO BLANCO DE LAS HORAS
Vuela como cigüeña el tiempo sobre el mar.
Pronto volveremos a aterrizar
en el borde de una copa
como vuelve el rojo a teñir los labios
tras el beso divino hallado en la ausencia.
Nos lleva la corriente a inesperadas alturas
sin temor a la caída ni precipitados ardores.
Despliega sus alas negras el amor
a embriagar el cuerpo blanco de las horas.
ENVEJECER
Arrastrar los pies como se arrastra el cansancio.
Barrer las esquinas de la casa buscando
aquella idea atascada detrás de un mueble.
Ponerlo todo patas arriba
y atormentar la hora.
Buscar al perro en los ojos del gato
llamar aquel viejo nombre para no perderlo
y encontrar su muerte en la nostalgia.
Preguntarse quién se ha llevado de la mesa las llaves
y del bolso los restos de la espera.
Examinar las respuestas
que ensanchan las venas de la frente
y rechazar la píldora que endulza el fracaso.
Decir hoy mañana.
Sentir frío en el calor
y ver copos de nieve en una hortensia en flor.
Vivir otra niñez en los desaciertos de la soledad.
SUPIÉRAMOS
Supiera el árbol
el color del viento
que corre escondido entre sus hojas
y el olor de la fuga
que desprenden sus frondas flojas.
Supiera el tronco el fuego de la savia
el dolor del ámbar
encerrado en una lágrima.
Supiera la corona
la sed de sus raíces
apresadas por otras barbas
en la negrura de las trincheras.
Supiéramos nosotros, como los bosques
reconocer de lejos al trueno
y del cielo, sus secretas ramificaciones.
FUENTE DE LOS CUATRO RÍOS
El tercer ángel vació su copa
sobre los ríos y sobre los manantiales,
y el agua se convirtió en sangre.
Apocalipsis 16-4
Occidente duerme en su abrigo de silencio.
Es la hora que precede las Laudes
y todos los portones están cerrados.
Las aves rapaces se fugan de la plaza
sus picos teñidos
por las carnes escarbadas en los basureros.
El agua casta fluye en la fuente
donde desembocan los cuatro ríos
y un corcho de champán flota
sobre un mosaico de monedas.
Él no sabe de guerras y martirios.
Sentado sobre una grada de mármol
intenta rescatar con un pincel
las formas naufragadas en el cauce de su lienzo.
Ángeles con rostros de cabra
sobrevuelan un hormiguero de niños descabezados.
Manchas rojas y nubes celestes
sobre un cielo café.
El obelisco de Domiciano inclinado
como cayéndose en una charca roja
y un león con el hocico abierto
a punto de devorar una paloma
cuyo pico aprieta un corcho de champán.
Llegan los primeros turistas.
Occidente sigue dormido en la botella vacía.
LOURDES
Son las seis de la tarde
y la lluvia punza mi cara.
Arrastro una carreta, el enfermo
bajo un manto azul
como la cinta que ronda el vientre de la Virgen.
El río corre sobre las piedras;
frente a la gruta
dos patos desafían la corriente
uno roza la orilla, se agarra con el pico
y cambia su rumbo.
Mientras tanto: gente apiñada
y el silencio contemplativo del autista.
Beso los granos de la esperanza,
pido el don del llanto.
LA CIUDAD INVISIBLE
Tiene algo de nómada
mi residencia fija
en el timbre una letra
indica mi existencia
insinúa
mi permanecer visible
en la ciudad eterna.
Viento compañero alza
las velas de mi carpa
vela mi errático andar
y borra esta callejuela
del mapa de la ciudad.
Es allí donde vivo cada día
sin timbres ni nombres
entrando y saliendo de casas
olores voces tragos
me pierdo y regreso
a la única residencia
fija: la ciudad invisible.
HIJO
Unidos en una sola carne,
separados por la ausencia del santo temor.
En los ojos del hijo, una fisura.
Asoman los miedos: cuchillos
que rajarán la garganta del mundo.
Hombre fragmentado por los egoísmos del amor.
UNO
Aguardo la fiesta
de la Santísima Trinidad
en el terreno arado
sobre una almohada de rocío.
Los sinsontes cantan las laudes
en los Tamarindos que bordean el campo
cerca del río
se levantan voces roncas:
los ibis, los patos, tu padre
explicando la reproducción sexual de las plantas:
la fusión de dos gametos
en un zigoto.
Un impenetrable misterio de amor.
Sale el sol
y en un instante es plena luz:
el Uno se hizo dos,
una dualidad fértil.
La procreación revela nuestro anhelo
de volver a ser Uno.
