Visiones y alucinaciones de Omar al Jayyám (3)

Omar Jayyám fue un gran desconocido en el mundo occidental hasta el siglo XIX. Empezó a conocerse a partir de 1859, cuando se publicó en Inglaterra un libro en cuya portada unas palabras pomposas anunciaban lo que sería un gran descubrimiento: “Rubáiyát de Omar Khayyám, El astrónomo-poeta de Persia”. “Rubáiyát” fue el título que Edward FitzGerald le dio a su traducción, la primera traducción del idioma persa al inglés de una selección de poemas “atribuidos” a Omar Jayyám. Atribuidos, solamente atribuidos, de procedencia incierta, no comprobada.

Omar Jayyám, en cambio, fue siempre conocido y reconocido y admirado en Asia occidental y central, reconocido en las vastas regiones de Oriente como científico, como astrónomo y matemático, aunque no como poeta. O por lo menos no tanto como poeta. Su mayor fama de poeta vino del extranjero. Durante muchos siglos no fue poeta en su tierra.
Sus conocimientos eran sin duda vastos, enciclopédicos y su curiosidad infinita:

“Omar Jayyam (o Khayyám) es uno de los intelectuales más prominentes de los siglos XI-XII. Su figura sobresale entre la abundante cosecha que el Islam produjo durante el renacimiento cultural del final del periodo califal abbasí, en Bagdad. Entre su producción científica destacan sus aportaciones astronómicas, especialmente la corrección del sistema del calendario (el calendario Jalali, Yalalí, o Yalaledín, con un error de un día cada 3770 años, precursor del actual calendario persa) similar a la reforma gregoriana que se impuso en Occidente entre el siglo XVI y XVII, y sus tablas astronómicas; y los desarrollos matemáticos, incluyendo la geometría, en la que fue un precursor de la geometría no euclídea, y el álgebra. En filosofía, como seguidor aventajado de Avicena, impulsó decididamente la difusión de Aristóteles y la reinterpretación del Islam bajo el marco de la filosofía peripatética. (http://www.madrimasd.org/blogs/astrofisica/)”. Además, en la ciudad de Isfahán fundó y dirigió un observatorio, que se convirtió en un famoso centro de investigación. Como dato curioso, a él debemos que la incógnita de las ecuaciones se llame x.

Hay quien sostiene que Omar Jayyám, extrañamente, nunca escribió poesía y otros dicen que se le atribuye más poesía que la que realmente escribió, que se le atribuyen poemas que nunca escribió. Todo esto puede ser cierto y puede tener valor históricamente, pero no cambia nada desde el punto poético. La poesía de Omar Jayyám y la que se le atribuye a Omar Jayyám existen poéticamente. Existió Omar Jayyám y existe la poesía que se le atribuye. Igualmente existe la poesía que atribuimos convencionalmente a Homero aunque Homero no haya existido.

De cualquier manera, a nadie debería sorprender que un hombre tan erudito y con tanta amplitud de miras e intereses culturales dedicase su tiempo a la literatura y produjese una cosecha tan fecunda en el ámbito de la poesía, que compartía con amor por la filosofía. Aparentemente Jayyám se dedicó con más ahínco al ejercicio de las letras al final de su carrera, cuando perdió el favor de los poderosos que lo protegían, cuando se retiró o lo retiraron de su labor científica y se vio obligado abandonar el observatorio astronómico que había dirigido durante dieciocho años y regresar a Nishapur, su ciudad natal, donde se dedicó a la enseñanza. En esa época empezó a ser acosado por musulmanes fundamentalistas y viajó a la Meca (el viaje de peregrinación que todo musulmán debe hacer una vez en la vida), quizás con el propósito de aplacar a sus críticos.

Las poesías que se le atribuyen —y qué tal vez circularon clandestinamente, leídas posiblemente entre amigos—, desmienten, sin embargo, cualquier tipo de apego a la ortodoxia. Religiones y dioses, en algunos de sus versos, sólo le parecen pretexto para eternizar la feroz carnicería a la que los seres humanos se entregan a través de la historia:

“La tierra es un mosaico de dioses y creencias, / de clérigos, profetas, sacros libros y textos: / impiedad, fe, pecado, son sólo los pretextos / que los hombres invocan al luchar como fieras”.

Tampoco es muy ortodoxa su idea de un dios que arroja a lo hombres a la nada:

“He aquí la única verdad. Somos los peones de la misteriosa partida de ajedrez que juega Alá. Él nos mueve, nos detiene, vuelve a empujarnos, y al final nos arroja, uno a uno, a la caja de la nada”.

Su idea de un Dios que juega ajedrez se vuelve más atrevida cuando sugiere que Dios también puede ser víctima del ajedrez:
“La vida es un tablero de ajedrez, / de noches y días, / donde Dios con los hombres como piezas juega, / mueve aquí y allí, /da jaque mate y mata”.

“Y pieza por pieza vuelve a ponerlos en la caja /pues hay un destino para la pieza, / para el jugador / y para Dios”.

Nótese que esta es un poco la idea de un “Dios detrás de Dios” que fascinaba a Borges y le inspiró estos versos:

“Dios mueve al jugador, y éste, la pieza. /¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza /de polvo y tiempo y sueño y agonías?”
La visión del paraíso de Omar Jayyám, por otra parte, no despierta, en ocasiones, mucho entusiasmo:

“Cielo es sólo visión del Deseo cumplido / y el Infierno la sombra de un alma de ansia presa, / lanzada a esta tiniebla donde, apenas surgido, / el hombre ha de quedar en polvo convertido”.

Su poesía puede ser de vez en cuando insolente, irrespetuosa más que irreverente. Pone a Dios y al hombre en el mismo plano, lo somete a juicio, le niega autoridad para condenar a los seres humanos:

“En escuelas e iglesias, buscando la verdad, / hablé con jeques, santos, filósofos y sabios, / escuché las sentencias surgidas de sus labios / y salí por la puerta que utilicé al entrar. / ¿Podemos vivir sin pecar, oh infelices mortales? / ¿qué corazón está limpio de maldad o malicia? / Mas si Dios me castiga a causa de mis males / tan malo como yo será el Dios que castiga”.

Para el poeta sibarita y hedonista, no hay placer en una vida sin pecado, y el castigo del pecado rebajaría a Dios a la altura de los hombres:

“Dime ¿qué hombre no ha transgredido / jamás tu Ley? / Dime ¿qué placer tiene una / vida sin pecado? / Si castigas con el mal el / mal que te he hecho, / Dime ¿cuál es la / diferencia entre Tú y yo?”

En uno de sus textos más atrevidos, Omar Jayyám expresa un deseo luminoso al que se oponen tanto los musulmanes como los cristianos ortodoxos: la idea de un dios que no condena a nadie, que salva a todos, incluyendo a los pecadores. Sobre todo, quizás, a los pecadores:

“Mulá: no reces por mí. Dios da su don / sin que se lo pidan, y el velo de perdón / y su misericordia, inmensos como el mar, / cubrirán, sin mirarlos, los pecados de Omar”.

Por predicar cosas cómo estas, por andar diciendo que Dios era todo bondad y que encontraría una manera de salvar a todos sus pobres hijos, el bondadoso padre Peter fue suspendido de sus funciones por el obispo en una novela de Mark Twain. Dios no salva a nadie, dicen los entendidos, sólo te da la oportunidad de salvarte a ti mismo. Pero quizás los entendidos y quizás el mismo Dios están equivocados. Quizás el otro “Dios detrás de Dios” mete de vez en cuando su mano.

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