Cuenta la leyenda que los griegos, ante la imposibilidad de continuar asediando a Troya y poder penetrar sus muros, decidieron construir un enorme caballo hueco de madera. Esa gran obra aparentó ser un regalo como ofrenda a los dioses, cuando en realidad se trató de una estrategia de guerra que escondía en su interior a sus soldados, los que, llegada la noche, salieron a invadir la ciudad tomándolos desprevenidos.
A partir de ese relato de ribetes mitológicos, surgió la metáfora de que lo que luce inocuo no siempre lo es y de que las apariencias son engañosas porque pueden implicar en su interior un peligro intrínseco que a simple vista no puede apreciarse. La tecnología es el mejor ejemplo de que ese universo amplio de acceso digital con aspecto cosmopolita, trae consigo otras consecuencias que generan preocupación. Tras los avances de la modernidad que nos conecta al mundo por una computadora, subyacen intereses ocultos de dudosas intenciones en que las barreras invisibles permiten que entre lo que es bueno, pero también aquello que no lo es. La constante conectividad nos acerca a los de lejos, a la vez que pone distancia a los que están próximos; el alcance ilimitado al espacio exterior va drenando nuestra humanidad, aunque no resulte tan obvio.
La presentación superficial de idoneidad, a veces guarda ineficiencia; la inteligencia, la sabiduría y el supuesto conocimiento, es la pantomima de una profunda torpeza e ignorancia. La belleza física pudiera envolver bajos instintos y escasez de sentimientos; la riqueza desbordada, estratagemas para obtenerla de la peor manera y la mansión majestuosa, muchas miserias humanas dentro de un hogar deshecho. Bajo la humildad expuesta, se disfraza en ocasiones soberbia y el dominio sobre un determinado tema, solo sirve para disimular un gran vacío de información, preparación académica y estudio.
Entre los fuegos artificiales de una vida plena se esconde el hoyo profundo de la depresión; mientras jugamos a ser felices porque parece que no hay otra forma de autojustificarse socialmente, se libran batallas personales que nadie conoce y desgarran el alma. Se ha llegado al convencimiento de que sufrir es para los débiles y la tristeza está prohibida porque se debería andar por la vida galopando orgulloso cual caballo de Troya, ostentoso e imponente, pero repleto de invasores personales que nadie puede ver y que luego sorprenden.
