Probablemente nunca se me habría ocurrido pensar que acabaría leyendo 48 páginas escritas por un papa sobre la Inteligencia Artificial (IA). O eso dice la Santa Sede -que las ha escrito León XIV-, porque ya corren por los mentideros de internet teorías con bastante munición de que la “mano negra” de la IA ha tenido algo que ver con el texto. Pero no me adelanto: el motivo por el que me he sumergido es porque se trata de la primera carta encíclica de su pontificado bajo el título Magnifica humanitas (Magnífica humanidad), sobre “la protección de la humanidad en la era de la IA”.
El texto no descubre grandes revelaciones sobre la IA ni tampoco ofrece posibles soluciones a los problemas que entraña. Sin embargo, es relevante porque sus palabras dejan ver, sin muchos filtros, el recelo del papa a esta nueva era dominada por lo que se suele llamar “tecnocracia”. Insiste el sumo pontífice en que la encíclica no es una afrenta a la IA ni al avance tecnológico, sino una llamada de atención a la nueva infraestructura de poder dominante que concentra datos, riqueza, atención y capacidad de decisión en pocas manos.
La culpa, si se puede señalar un solo factor, la tiene Silicon Valley. El papa no menciona a OpenAI, Google, Meta o Anthropic -cuyo confundador, Chris Olah, estaba en la presentación-, pero tampoco le hace falta. Cuando la encíclica dice que la tecnología nunca es neutral está diciendo algo que el sector tecnológico suele olvidar convenientemente. No existe “El Algoritmo” como una entidad caída del cielo; detrás hay empresas, inversores, equipos de producto, objetivos comerciales, sesgos culturales y, sobre todo, incentivos económicos. Y los incentivos, como ya sabemos, no siempre apuntan al bien común.
Quizá esa sea la mejor lectura de Magnifica Humanitas. A lo mejor no hacía falta que el papa escribiera 48 páginas para llegar a esa conclusión. Pero, ya que lo ha hecho, merece la pena quedarse con esa idea: la IA no necesita ser demonizada, necesita ser gobernada. Y para ello no basta fascinarnos ante sus milagros ni con asustarnos ante sus monstruos, sino mirar de frente la parte menos sexy de la revolución tecnológica: el poder y las responsabilidades que demasiadas veces se esconden detrás de una pantalla amable.
