Sin lugar a dudas, la frontera domínico-haitiana ha vuelto a ser en el presente siglo el mayor problema que afrontamos los dominicanos, desde el punto de vista económico, social, político, humano y, sobre todo, un espejo roto como imagen.
Una situación menos grave, pero parecida, se registró en los primeros seis lustros del siglo pasado, cuando los vecinos intentaron tomar territorio, apoderarse de la línea fronteriza e ir avanzando para ocupar de nuevo la parte oriental lo que no ocurrió por la postura decisiva de Rafael Leónidas Trujillo Molina, ya perfilado como un dictador.
En la casi totalidad de la frontera, la lengua dominante era el creole, cultos y eucaristías, además de los ritos Vudú, comenzaron a penetrar en la cultura dominicana, sin que valieran medidas para impedirlo o disminuir sus efectos. Para entonces fue preciso recurrir al Vaticano, mediante el denominado Tratado de Dominicanización de la Frontera, firmado el 27 de febrero de 1935.
Sacerdotes españoles y de otras nacionalidades fueron puestos al servicio de la Iglesia Católica y diseminados en toda la frontera para evitar que el problema se extendiera, lo que fue fortalecido con la construcción de paradas, hoteles oficiales y otros mecanismos que permitieran a los dominicanos pernoctar allí. Pese a todo, se produjo la matanza de 1937.
Ahora andamos en ese camino, por la permisividad de las autoridades de los gobiernos del siglo, cónsules corruptos vendiendo visas para salir millonarios, negocios turbios, explotación de mano de obra, empresarios avaros y militares indignos de la patria, cuya lujuria ha llevado al Estado a la mayor preocupación, gastos innecesarios y a tomar políticas agresivas que deterioran la imagen del país.
Sin embargo, la realidad es que la patria está ahora en peligro y hay que actuar con determinación sin escuchar tambores ni sonidos de lamento, menos aun, consejos interesados de organismos y personas que nos aborrecen como nación, debido al progreso alcanzado.
La frontera es donde nace el país, hay que resguardarla, reconstruirla, fortalecerla, bajar a la bondad que hemos exhibido siempre y comprender que, en la parte occidental de la isla nos aborrecen, nos quieren aniquilar y quitar todo lo conseguido. ¡Ni un paso atrás, unidos somos fuertes!
