En nuestra folclórica cultura política la asignación de cargos, obedece a la afinidad política y no a méritos de capacidad técnica o gerencial, con criterios administrativos y de manejo de personal. Se espera que el “funcionario” devuelva favores al partido, inclusive que sea capaz de financiar campañas políticas futuras, pero no con “sus cuartos”. No hay dudas de que este principio genera una sensación interna de que el puesto es para “conseguir” recursos para quienes fueran responsables de la designación, racionalizando el “sujeto” que esa consecución de fondos es parte de sus responsabilidades en la gestión. A más de “los compromisos” con terceros, prima “lo mío”, “la comida del boa” con acumulación de recursos imposibles de ocultar. El comerse el pollo y esconder las plumas, según reza el dicho popular, en la política vernácula tiene poco sentido porque hay que “aparentar” más de lo que se tiene. Las estructuras clientelistas, parte del quehacer político criollo, contratos, empresas “amigas”, desvío de fondos y el favorecimiento de canales comerciales relacionados, que “invirtieron en la campaña” como un negocio cualquiera y esperan los dividendos de sus esfuerzos. Puede visualizarse la posición como una herramienta para beneficio propio y de aliados y esa misma cultura política local, lo impulsa a asumir prácticas corruptas. Existen honrosas excepciones que matizan su quehacer con absoluta pulcritud y dispuestos a cualquier escrutinio, cuyo accionar permea a toda la institución. El recibir “instrucciones” que contradicen normas legales y éticas, como “órdenes superiores”, inducen a pensar que actuar dentro de cánones correctos va en contra de la posibilidad de mantener el cargo. La idea de que los otros funcionarios están “picando” bien, hacen pensar que como es norma y todos suponen que uno también, se convierte en parte del trabajo y resulta más importante y “lucrativa” esa función que la del servicio que se supone ofrezca el estamento oficial que dirige. Un aspecto súper relevante es la cultura de impunidad que gobierna la psiquis criolla. “Na e na” y se rompen límites que creíamos inviolables, movidos por la desmedida codicia del “chance”. Las reglas no escritas del poder apuntan a que hay que aprovecharse al máximo mientras “se está en la papa”. La presión política y la cultura de impunidad propician un cóctel que da carácter de “norma” a la acción de “meter la mano”. Ya las cifras no ruborizan, sin medir que esos recursos mal habidos, se precisan para romper el carácter injusto y poco equilibrado de nuestra sociedad y con ellos se construyen obras que mejoran sustancialmente la calidad de vida del criollo. El estado no se percibe como un bien común sino como botín de quienes gobiernan. Predomina el individualismo, existe una débil cultura cívica, y el clientelismo y el “tigueraje” tienden a legitimizar. Desde la Colonia, el Estado ha sido concebido como infinito “regalo” a las élites para su “usufructo” y vemos con poco asombro como un escándalo sustituye al otro. En lo social el individualismo fragmentario del dominicano dificulta las acciones colectivas de reclamos y exigencias de honestidad. ¡zape, gato!
