Es una práctica común del político dominicano buscarle una vuelta a todo, un bajadero, cuando hay que justificar la derrota. Nunca es sincero y siempre apuesta a la mente olvidadiza de la mayoría de la población. Para nada es autocrítico y tampoco se atreve a buscar las causas de sus reveses. Figura entre los individuos que creen que el tiempo lo cura todo. Empero, un verdadero político posee la habilidad de convivir con la decepción y sabe gestionar el fracaso; por eso comienza de una vez la apuesta para el próximo juego, consciente de que no siempre se triunfa. Si no aprende ni saca enseñanzas de los errores y de los fracasos, volverá a tropezar con la misma de piedra; y peor aun, con el mismo dedo del pie.
