Aunque las administraciones de Ronald Reagan y Donald Trump tienen matices diferenciados, es evidente que además de outsider -Reagan vino del cine-; mientras que Trump viene de los negocios y el espectáculo (fue dueño-presidente de Miss Universo). Sin embargo, hay puntos de coincidencias ideológicas y geopolíticas: ambos lucharon por el fin del comunismo, por establecer regímenes democráticos validados por elecciones libres, golpes blandos o de intervenciones -directa o no (ejemplo: los contras en Nicaragua). Y aunque sí hubo un punto discordante: Reagan no era reacio a la migración (todo lo contrario). Y fue más lejos, llevó a cabo la única reforma migratoria (1986) desde hace cuatro décadas (Tampoco dudo que Trump, a pesar de sus posturas y acciones sobre el temas y punto de quiebre, termine por apoyar alguna reforma o iniciativa migratoria -como la que impulsa la congresista María Elvira Salazar).
Claro que ambos jefes de Estado gobernaron en coyunturas diferentes y se vieron antes desafíos históricos: Reagan, juntos Gorbachov, pusieron fin, de alguna manera, a la Guerra Fría; en cambio a Trump le ha tocado finiquitar los remanentes o rémoras de un “socialismo”-dictadura: Cuba, Nicaragua y Venezuela.
En esa línea de análisis y por más que se diga Trump, al igual que Reagan, por encima de luces y sombras, va sumando punto a un legado que, de terminar exitoso, lo consagrará en la historia como el presidente norteamericano que puso fin a tres dictaduras en el hemisferio alineadas con China, Rusia e Irán (adversarios ideológicos, geopolíticos y comerciales). Y lo más interesante: lo está haciendo tratando de negociar una salida negociada antes de recurrir a la invasión directa (diferente a lo que ha hecho Rusia en Ucrania). Y todavía más, como en el caso de Venezuela, procurando transiciones políticas que no desemboquen en estallidos sociales y valiéndose de personeros de esos mismos regímenes en aras de transiciones de alta lógica política y estratégica; aunque al final, esos actores -Delcy Rodríguez y Raúl Castro, por ejemplo (María Corina Machado, está obligada a entrar en el juego político en el terreno y buscar consensos con la oposición interna)- estén obligados a ceder o co-gobernar en una hoja de ruta hacia elecciones, aperturas y fin a la inconcebible figura de “presos políticos”. Si esa carpintería, en política internacional, funciona, y todo indica que el proceso marcha en esa línea, el mapa democrático del hemisferio se consolida, y China y Rusia tendrán que conformarse con la garantía de que sus inversiones serán respetadas, pero no con el control geopolítico de esos países en la propia nariz de Estados Unidos (algo que ni los chinos ni los rusos permiten o toleran en sus zonas de influencia).
De modo, que, aunque en coyunturas históricas diferentes Ronald Reagan y Donald Trump se proyectan como dos presidentes que marcarán en la historia como dos líderes, con sus éxitos y reveses, de muchas coincidencias y resultados que, de concretizarse en el caso de Trump, serán un binomio cuyos legados históricos serán indiscutibles; aunque para otros (críticos o pro-demócratas disfrazados de analistas “independientes”): fracasos, fin del multilateralismo, doctrina de Monroe y que ochocuartos más….
Porque digámoslo sin tapujos: Cuba, Nicaragua y Venezuela, bajo esos regímenes -obsoletos e ineficientes-, jamás saldrían del subdesarrollo. Y es más penoso el caso de Venezuela que de otrora países receptor de migrantes por su atractivos económicos-laborales, pasó, bajo el “socialismo del siglo XXI” (y peor desde la llegada de Nicolás Maduro), a ser teledirigido por un país subdesarrollado y de infraestructura colapsada: Cuba. ¡Increíble!
