A propósito de la feria del libro

“Federico García Lorca dijo en su pueblo natal que leer era “un acto de libertad”. Esa frase, perdida entre discursos y homenajes, sigue golpeando como un trueno. Porque tenía razón. En pleno siglo XXI, rodeados de pantallas que nos distraen, de ruido que confunde más que informa, leer un libro sigue siendo una forma de desobediencia íntima. Una sublevación tranquila. Leer es romper con la agenda del mundo por unos minutos. Es elegir pensar por cuenta propia.

Este fin de semana abrí un libro que ya tenía años durmiendo en mi estantería: ¿Qué es la literatura? de Jean-Paul Sartre. Un ensayo que, aunque escrito en otro tiempo, habla con una claridad incómoda sobre este. Sartre no se anda con rodeos. Para él, el escritor no puede escribir como si no pasara nada. No se puede escribir desde la torre de marfil mientras la historia ruge. El intelectual, dice Sartre, tiene la obligación de meterse en el barro, de asumir una posición. Lo que se escribe tiene consecuencias. Escribir es actuar.

¿Y qué ha cambiado desde entonces? Nada. O peor: nos hemos vuelto expertos en fingir neutralidad, en disfrazar el miedo de prudencia. Nos gusta pensar que la literatura es solo una forma de entretenimiento, un refugio inofensivo. Pero no lo es. No debería serlo. Un libro no es una cuna, es una alarma. Un buen escritor incomoda, sacude, desinstala. Y un buen lector, si de verdad lee, si se deja atravesar por las palabras, no sale intacto. Cambia, aunque sea un poco.

Leer, entonces, es elegir no ser indiferente. Es ponerse en contacto con el mundo, con sus heridas, sus miserias, su belleza. Y también con uno mismo. Porque los libros, cuando son honestos, nos enfrentan a nuestras propias contradicciones. Nos obligan a mirarnos en el espejo.

No basta con leer por leer. Hay que leer con los ojos abiertos, con el corazón alerta, con la conciencia despierta. Como si cada página fuera un campo de batalla. Porque lo es. Cada palabra puede ser una resistencia. Cada línea, un gesto de libertad.

Lorca lo intuyó. Sartre lo gritó. Y hoy, en medio de algoritmos que nos quieren predecibles, leer sigue siendo un acto profundamente subversivo. Porque un lector que piensa, que se cuestiona, que no traga entero, es peligroso. Es libre.

Demuéstreme que estoy equivocado…

Posted in DE UNA SENTADA, Opiniones

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