Ciudadano molesto

En un país cuyo nombre callo por prudencia, viajaba en un Uber con mi esposa una mañana fría. El chofer, un hombre flaco y sereno, con esa mirada que parece medirlo todo antes de hablar, me observó por el retrovisor cuando le pregunté por la criminalidad. “Ustedes no son de aquí, se nota en el acento”, dijo. Y con esa frase, como si hubiera esperado la señal, empezó a contar historias tan densas como el tráfico que nos tenía atrapados en la avenida.

“Aquí el narcotráfico gobierna. Primero tomó los barrios pobres, después se metió en los partidos. Ahora construyen torres, centros comerciales, manejan bancas de apuestas y casinos. Le cobran un impuesto al que quiere trabajar tranquilo. Y cuando un ladrón los desafía, desaparece en dos o tres semanas. No lo hace la policía. Lo hacen ellos, los que cobran el peaje”.

Hablaba sin rencor, como quien relata un destino aceptado. Se llamó a sí mismo un “ciudadano molesto”.

Había trabajado décadas en una institución pública con la fe ingenua de que la jubilación lo recibiría con dignidad. Lo despidieron sin explicación. Esperaba llegar a los sesenta para solicitar una pensión mínima que el Estado entrega como si fuese una limosna. “Mientras tanto trabajo en esto y sostengo a mi madre.

Y veo a los narcos, jóvenes elegantes, moviéndose por los barrios ricos como si fueran suyos. Ahora son discretos, inteligentes, conectados”.

Su voz no expresaba furia. Expresaba cansancio. Y mientras lo escuchaba, empecé a sentir una inquietud amarga: aquella ciudad, con su violencia silenciosa y sus fortunas súbitas, al parecer que mi ciudad estaba caminando por el mismo camino. No en la arquitectura ni en la historia, sino en la sombra que iba creciendo detrás.
Nuestro país avanza hacia ese espejo con una calma que asusta. No se trata de un derrumbe súbito, sino de un desgaste. Instituciones que no preguntan, autoridades que no investigan, riquezas que surgen sin esfuerzo visible. Crecen los ciudadanos molestos no porque amen el conflicto, sino porque viven rodeados de él.

Caminamos entre apagones, escándalos de políticos ligados al narco, barrios transformados de noche, sicarios que matan por cualquier suma, desapariciones que se diluyen sin respuesta. Policías, jueces, figuras sociales, todos mencionados en la misma frase que los carteles. Y aunque la gente intenta seguir su vida, hay una sensación pegajosa de normalidad falsa, como si aceptáramos que lo que antes era intolerable ahora es costumbre.

La pregunta es qué hacer para no convertirnos en aquel país donde los centros comerciales parecen fortalezas y los comerciantes pagan peaje para abrir sus puertas. No hay soluciones milagrosas.

Los partidos deben limpiarse con rigor. Sacar de sus filas a cualquiera señalado, aunque duela, aunque rompa alianzas. La policía y la justicia necesitan una depuración real, sin excusas ni pausas. Y la Junta Central Electoral, si pretende conservar autoridad moral, debe investigar a fondo a quienes aspiran a representarnos, antes de que sea tarde.

Porque el país no corregirá su rumbo por inercia. Si seguimos aceptando la anormalidad como si fuera rutina, pronto no habrá nada que salvar. El crimen creció porque lo toleramos. El mayor peligro no es la violencia sino la resignación.

Un país cae cuando la molestia se vuelve costumbre. Se salva cuando esa molestia se transforma en una voluntad firme de decir basta. Y ya es hora de decirlo.

Demuéstrame que estoy equivocado.

Posted in DE UNA SENTADA

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