Cada abril, desde que tengo memoria, aparece el mismo rumor con distinta camisa. Suben los combustibles, se mueve una guerra en alguna parte del mapa, el dólar carraspea, el arroz se pone serio y alguien sentencia que después de Semana Santa vendrá la poblada. Lo dice con la seguridad con la que antes se anunciaba la lluvia mirando por el ventanal. Y uno escucha aquello como quien oye una vieja canción nacional: no sabe si creerla, pero la reconoce al instante que algo pasará en el mes de abril.
Hay países que viven de sus certezas. Nosotros hemos aprendido a vivir de nuestras alarmas y rumores.
Cada temporada tiene la suya. En septiembre los ciclones, en diciembre los gastos, en enero la cuesta, en abril la revuelta. Somos un calendario sentimental del sobresalto. No siempre ocurre nada, pero la expectativa ya produce efectos: la conversación cambia, el miedo se acomoda en la sala, los partidos afilan comunicados y las redes sociales se convierten en una plaza pública donde nadie barre al final del día.
Lo curioso es que mientras discutimos el incendio, seguimos cocinando dentro de la casa. Porque la verdadera crisis no suele llegar en camiones ni con consignas. Llega en silencio. Está en la compra que rinde menos, en el salario que envejece antes de cobrarlo, en la madre que calcula frente al mostrador en el colmado, en el joven que trabaja mucho y proyecta poco, en el interior del país donde muchas veces el mundo estalla por televisión y la nevera sigue estando vacía.
Nos entretenemos mirando conflictos lejanos: Rusia y Ucrania, Israel e Irán, el estrecho de Ormuz, la economía global, la bolsa, los mercados. Todo eso importa, claro que importa. Pero hay una costumbre peligrosa de usar el mapa para no mirar el barrio. El precio internacional del petróleo explica cosas; no explica todas. También aquí existen privilegios, subsidios opacos, ineficiencias respetadas como tradiciones políticas y una burocracia que a veces gasta con entusiasmo lo que recauda el Estado con dificultad.
Cuando la presión aprieta, siempre aparece la escena conocida: alguien del gobierno llama a la oposición a la sensatez; la oposición responde con una foto bien planchada y un mensaje que parece escrito para incendiar comentarios; después ambos bandos se culpan mutuamente mientras la gente hace fila, paga y espera. La política dominicana tiene demasiadas cámaras y muy poca planificación en sus ministerios.
Quizás el problema de fondo acaso sea otro: no terminamos de saber qué Estado queremos. Un día hablamos como conservadores, al siguiente gastamos como populistas, luego regulamos como progresistas y finalmente improvisamos como supervivientes. Respondemos a los problemas como quien apaga fuegos con cubetas distintas sin preguntarse quién diseñó la casa.
Por eso la discusión importante no es si habrá protesta en abril, sino si habrá proyecto en mayo, en junio y en la próxima década. La nueva generación política —oficialista y opositora— tiene la obligación de definir un rumbo menos teatral y más serio. Menos consigna y más diseño. Menos reacción y más propósito.
Porque si no ocurre, seguiremos atrapados en esta liturgia anual del susto: esperar cada abril a un salvador de uniforme, a un tribuno de micrófono o a un trending topic milagroso. Y esos tiempos, en realidad, ya pasaron. Lo que no ha pasado es nuestra costumbre de convocarlos.
Demuéstrame que estoy equivocado…
