El éxito de un funcionario público

El éxito de un funcionario público no se mide en la cantidad de selfies que se haga en su oficina recién pintada. Tampoco en cuántas veces logre meter la frase “vamos a transformar” en una rueda de prensa. El éxito, aunque suene aburrido, está en llegar, sentarse y no desarmar lo que ya funciona. Sí, sé que la tentación de desmontar todo es fuerte: uno llega nuevo y quiere dejar huella, como el niño que estrena cuaderno y empieza arrancando la primera hoja. Pero un país no es un cuaderno y las instituciones no se borran con goma.

Lo he visto en este gobierno de Luis Abinader. Hay funcionarios que salieron porque eran un desastre, y otros porque “había que cambiarlos”. Eso es lo que dice el rumor público, esa oficina sin paredes donde todo se oye y nada se comprueba. Pero si usted busca a los funcionarios que de verdad se salvan, que usted los menciona en una mesa y la gente asiente con respeto, son siempre los mismos: los que llegaron tranquilos, cabeza fría, y en vez de patear el tablero se sentaron a jugar con las fichas que había.

El político ansioso quiere empezar de cero. Se imagina que todo lo anterior era un basurero y él viene a limpiarlo. El problema es que en su prisa barre también lo que servía. Y cuando se da cuenta, lo que tiene no es una institución: es un terreno baldío con un letrero que dice “aquí va algo nuevo” que nunca termina de llegar.

Los mejores no hicieron tanto ruido. Llegaron, vieron que la maquinaria funcionaba, y en vez de cambiar el motor le echaron gasolina. No necesitaban salir en portada todos los días ni repetir mantras de modernización. Se montaron en la ola y la ola los llevó. Y esa es la gracia: saber surfear lo que existe en vez de hacerse el ingeniero de costas.

De los fracasos no voy a hablar. Usted ya los conoce, porque son los que cada semana aparecen en titulares por lo mal que va todo. Los que entraron con discursos de refundación y terminaron refundidos en el olvido. Al final, el éxito de un funcionario es más prosaico de lo que parece: no es construir un monumento a sí mismo, sino evitar que la institución se derrumbe. La política, créalo, no necesita héroes: necesita gente que no fastidie lo que ya funciona.

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