He seguido desde hace años las reflexiones del escritor José Carvajal, que suele lanzar en las redes sociales señales de alerta y pequeñas brújulas para orientarnos en medio del ruido. Hace unos días leí una propuesta suya que, creo, el Ministerio de Cultura debería escuchar con atención y asumir como propia: que la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo 2026 esté dedicada a nuestros autores longevos, a quienes han pasado de los ochenta años con la misma lucidez con que atravesaron, décadas atrás, las primeras puertas de la literatura.
En una época gobernada por la prisa y el olvido, donde se celebra lo fugaz y se encarcela lo esencial, esta invitación a mirar hacia quienes sostienen nuestra tradición tiene algo de necesaria insurrección. Carvajal menciona nombres que todo lector dominicano reconoce al instante: Bernardo Vega, Efraím Castillo, Bruno Rosario Candelier, Diógenes Céspedes, Leonte Brea, Jeannette Miller, Manuel Matos Moquete, Pedro Conde Sturla, León David, Pedro Vergés. Yo añadiría a Miguel Guerrero. Son escritores cuya obra ha acompañado al país con la serenidad de un sabio que observa antes de sentenciar, o con la firmeza crítica de quien ha dedicado una vida a pensar.
Honrarlos no sería un gesto de nostalgia, sino de justicia. Recordar que el libro dominicano de hoy, con su diversidad y su energía, nació de la obstinación creadora de estas voces que escribieron incluso cuando escribir parecía inútil. Reconocer que cada página abrió un camino nuevo, ya fuera en la historia, la narrativa, la poesía, el ensayo o la crítica. Imagino lo que podría ser una feria dedicada colectivamente a estos autores. No un homenaje inmóvil, sino una fiesta viva donde los lectores vuelvan a sus libros, donde la juventud descubra que la literatura no empezó ayer, que crece desde raíces profundas y que sin ellas la imaginación se marchita. Imagino paneles, reediciones, conversaciones, y sobre todo un país que se permite agradecer.
Si Cultura hace suya esta idea, no solo enviaría un gesto simbólico. Proclamaría algo esencial: que en RD la memoria cultural importa. En un país donde la literatura crece a buen ritmo, abrir un espacio para quienes escribieron antes de que existieran ferias, fondos, becas o premios sería un acto de coherencia y respeto.
Cómo no sumarme a esta propuesta. No esperemos a despedirlos para reconocer lo que han dado.
Demuéstrame que estoy equivocado.
