La casta partidaria

En este país hay gente que trabaja y otros que militan. Y luego está esa zona gris —ni oficio ni empresa ni salario conocido— donde algunos hacen de la política una forma de vida tan estable que parece heredada. No es vocación, es rutina. No es servicio, es costumbre. Y lo curioso no es que exista, sino que se haya vuelto normal.

Los partidos políticos, financiados por el Estado con la mejor de las intenciones, han terminado por crear algo que nadie escribió en la ley, pero todos reconocen en la calle: “Una casta”. No una élite intelectual ni una generación brillante de políticos. Una “casta”: un grupo que se protege, se reproduce y se financia sin preguntarse.

En el país hay dirigentes que nunca tuvieron un negocio, que no dejaron una oficina privada ni una cátedra universitaria, pero viven mejor que muchos empresarios. Viajan, comen bien, cambian de vehículo con una facilidad que no conocen quienes pagan impuestos. Y todo eso sin que el país tenga muy claro qué hacen exactamente, más allá de opinar, aparecer y negociar.

El problema no es el dinero. El dinero en política es necesario. Sin recursos, la democracia se vuelve ingenua y vulnerable. El problema es la relación que se construye con ese dinero. Cuando deja de ser un medio para convertirse en un modo de vida, la política deja de ser política y se convierte en administración de privilegios.

Se suponía que el financiamiento público evitaría que los partidos dependieran de intereses oscuros. Era una buena idea: proteger la democracia de quienes la compran. Pero nadie advirtió que también podía proteger a los partidos de la realidad. Porque cuando el dinero llega sin esfuerzo y sin vigilancia, deja de ser una herramienta y se convierte en un colchón.

Y un colchón, ya se sabe, invita a quedarse.

Mientras tanto, el país sigue su curso con esa mezcla de resignación y humor que tan bien conocemos. Cuquín Victoria decía que este es un país muy especial, y uno sospecha que lo decía con esa sonrisa que no sabe si es complicidad o advertencia. Aquí las anomalías no siempre escandalizan: a veces entretienen.

El financiamiento crece con el presupuesto, casi como si fuera una ley natural. A más Estado, más dinero para los partidos. A más dinero, menos urgencia de cambiar. Y así se instala una lógica cómoda donde ganar elecciones es importante, pero no imprescindible. Basta con existir, con mantenerse, con no desaparecer del todo.

Ahí está la paradoja: para gobernar se necesita la mitad más uno, pero para cobrar basta con mucho menos. La democracia exige mayorías para el poder, pero tolera minorías para el financiamiento. Y en ese espacio intermedio florecen estructuras que ya no representan a nadie, pero siguen costando.

El ciudadano, que no es tonto, aunque a veces se canse, empieza a mirar esto con distancia. No con rabia, que sería más productiva, sino con una especie de desencanto tranquilo. Como quien entiende que el sistema funciona, pero no para él.

Y entonces surgen preguntas incómodas, de esas que nadie quiere responder en voz alta. Cuánto cuesta sostener esta maquinaria. Cuánto se invierte en partidos que no producen ideas ni debates. Cuánto de ese dinero podría ir a lugares donde sí haga falta.

Pero la pregunta más inquietante es otra: en qué momento dejamos de exigir.Al final, la casta no se construye sola. Se construye el silencio, con la costumbre, con esa forma de aceptar lo inaceptable. Y quizá el problema no sea que exista, sino que nadie proteste. Demuéstrame que estoy equivocado…

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