La política, ese mal necesario

En este país de sol y mar, de políticos que no dan paso a otra generación, la política ha dejado de ser un camino hacia el progreso para convertirse en un atajo hacia el poder. Se ha vuelto un negocio, un lodazal donde quienes dicen servir al pueblo se revuelcan mientras pactan en la oscuridad con los verdaderos mandamases: los que financian campañas, compran voluntades y operan detrás de las cortinas del Estado.

Durante años se nos vendió la ilusión de que la democracia maduraba, que las instituciones se fortalecían, que íbamos por buen camino. Pero la realidad que vemos hoy es otra: el Congreso es hoy una torre de intereses privados, los partidos, plataformas de clientelismo, y el poder político, un bien transable. Aquí no está ganando el más capaz ni el más honesto. Gana el que tiene más dinero, más padrinos en lo alto, más favores que pagar o cobrar.

Los partidos tradicionales, lejos de renovarse, se han reciclado en lo peor de sí mismos. Prometen modernidad, pero repiten los mismos vicios: compra de cédulas, reparto de funditas, tráfico de influencias, candidaturas vendidas al mejor postor. Lo que antes se llamaba campaña hoy es una competencia obscena por ver quién gasta más, aunque nadie pregunte de dónde salen los fondos. El clientelismo no es una falla del sistema: es el sistema.

Y es ahí donde entra el crimen organizado, con su sonrisa amable, abogados de corbata fina y maletas discretas de efectivo. Ya no necesita enfrentarse al Estado: le basta con infiltrarlo. Patrocina campañas, financia estructuras, coloca fichas leales en posiciones claves. Sabe que, con un fiscal amigo, un juez dócil o un legislador obediente, puede operar con tranquilidad. Aquí no se asaltan instituciones: se compran, se alquilan, se negocian.

¿Y el ciudadano? Mira. Calla. Se burla. Se cansa. En este teatro repetido, donde los protagonistas cambian de camiseta, pero actúan el mismo guion, el pueblo ya no encuentra esperanza. Vota por resignación, no por convicción. Participa por inercia. Y al final del día, siente que nada cambia. La democracia, en este contexto, es apenas una ceremonia vacía.

Lo más alarmante no es la corrupción. Es su normalización. Que un diputado esté acusado de lavado de activos ya no escandaliza. Que un alcalde tenga vínculos con el narcotráfico apenas ocupa una semana en los titulares. Que nuevos millonarios surjan tras una elección ya no sorprende. Hemos perdido la capacidad de indignarnos, y eso es lo más peligroso.

Porque mientras los decentes se alejan de la política —hastiados, frustrados o temerosos—, los otros avanzan. Se organizan. Se financian. Se profesionalizan en la trampa. Y cuando descubren que la democracia es una puerta que puede forzarse con dinero, ya no hay vuelta atrás. La política se convierte en botín, y el Estado en botica: se reparten cargos como si fueran medicinas vencidas.

¿Hay salida? Sí, pero no con discursos vacíos ni pactos entre élites que solo buscan sobrevivir. Se necesita una reforma profunda y valiente, que toque lo intocable: el financiamiento de campañas, la selección de candidatos, la independencia del Ministerio Público y el castigo real a los corruptos. No podemos seguir llamando democracia a este carnaval.

Porque si dejamos que el crimen compre las boletas hoy, mañana comprará el país entero. Y cuando eso pase, no habrá república, ni ley, ni futuro. Solo poder. Y detrás del poder, la sombra de quienes lo pagaron.

Demuéstrame que estoy equivocado…

Posted in DE UNA SENTADA

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