Los hombres modernos presumen de aplicaciones para todo, pero siguen levantándose cada mañana con los mismos demonios que su bisabuelo. Cambian los trajes, los despachos y los teléfonos, pero no el impulso. En el ADN llevamos al hombre antiguo, ese que quería fuego, territorio y aplauso. Las pasiones no se educan del todo: se negocian. Y a veces ganan ellas.
El problema empieza cuando ese hombre, con sus pasiones intactas, asume un cargo público. No se convierte en otro, solo se agranda. El sillón no crea al soberbio, lo confirma. El despacho no inventa al corrupto, lo pone cómodo. Las pasiones, que en la vida privada ya hacen suficiente daño, en el poder se endiosan. El hombre se mira al espejo institucional y se cree superhombre. Cree que puede con todo, incluso con la ley.
Empieza entonces el razonamiento infantil, ese que siempre acaba mal: “Si soy amigo del presidente, si todos lo hacen, si me lo merezco, si nadie se va a enterar”. El dinero público deja de ser una palabra abstracta y se convierte en una tentación concreta, con forma de relojes, Casa de Campo, de coche, de cuenta bancaria que no figura en ninguna parte. Robar ya no parece robar; parece cobrar de más.
Lo que ese hombre no sabe —o finge no saber— es que cualquier presidente de turno no cuida a nadie.
Cuida su historia. Cuida la frase con la que quiere que lo recuerden cuando salga del Gobierno. Cuida la foto final, la retirada digna, el libro de memorias. En una sociedad donde la honestidad es escasa y, en política, un animal en extinción, nadie va a sacrificarse por un amigo cuando llega el momento de salvar el propio pellejo.
El poder no es una capa de invencibilidad. Es una lupa. Todo se ve más. Todo pesa más. Y cuando cae uno, cae solo. Las pasiones, esas viejas compañeras del hombre antiguo, no entienden de códigos penales ni de titulares. Empujan hasta el borde y luego se esconden.
Quizá la verdadera modernidad que necesitamos no es la tecnológica, sino moral. Entender que el cargo es prestado, que el dinero no es tuyo y que el aplauso dura lo mismo que una noticia. Lo demás es repetir la historia, una y otra vez, con distintos nombres y la misma vergüenza.
Demuéstrame que estoy equivocado…
