Lo que los políticos jamás perdonan

En mi juventud, cuando todavía creía que la política era una discusión de ideas y no un intercambio de cicatrices, escuché una frase que circulaba como un secreto a voces: Joaquín Balaguer podía perdonar casi cualquier ofensa hecha contra él, pero jamás perdonaba un daño a su familia. Decían —y en política lo que “se dice” suele tener más peso que lo que se prueba— que por eso ocultaba a sus hijos, no por pudor, sino por instinto: un hombre puede soportar que lo insulten, pero no que le toquen lo único que le pertenece de verdad.

Esa lección, aprendida tarde y a golpes, resume una regla esencial: los políticos perdonan lo que lastima su imagen, su discurso, incluso su vanidad. El agravio público se metaboliza. Se responde con una rueda de prensa, una sonrisa tiesa y dos frases bien dichas. Se deja pasar. Se disimula. Se “maneja”. Pero el maltrato a un hijo no se maneja: se recuerda.

Porque en ese punto la política deja de ser cálculo y se convierte en sangre. Ya no hay negociación, ya no hay café, ya no hay mediadores. Lo que hay es memoria. Y la memoria, en los políticos, es un animal de paciencia infinita: no ladra, no muerde de inmediato, pero nunca se duerme.

Lo curioso es que quienes provocan ese daño casi nunca se creen culpables. Lo hacen con esa impunidad de oficina que dan los sellos, los escoltas y los “aquí mando yo”. Un director de departamento, un funcionario mediano, un burócrata inflado que confunde su cargo con un reino, maltrata a un hijo de un político como quien aplasta una cucaracha: sin mirar, sin pensar, sin medir consecuencias. Después se va a su casa convencido de que el mundo se quedará quieto, de que el poder es una foto fija colgada en la pared del despacho.

Ese tipo de personaje es frecuente: el hombre que no sabe mandar y por eso grita; el que no tiene autoridad y por eso humilla; el que se cree importante porque lo anuncian en la recepción. Es el pequeño tirano administrativo, capaz de arruinarle la mañana a cualquiera con tal de sentirse grande cinco minutos. La tragedia es que ignora que en política el abuso no es un estilo: es una inversión a largo plazo en contra propia.

Pero el poder, como la rueda de la fortuna, gira. Y cuando gira, no pregunta quién eras ayer; pregunta quién te recuerda hoy. En política no existe enemigo pequeño. El que hoy parece insignificante mañana puede ser la mano que te falte, el voto que se te escape o el expediente que aparezca en el momento exacto, como un sombrero olvidado que alguien encuentra con malicia.

Y el abuso, que siempre se cree invulnerable, es lo primero que se cobra intereses cuando cambia el viento. La política es el único lugar donde el ofendido puede esperar años para devolver el golpe y aun así presentarlo como un acto de justicia, de higiene institucional o de renovación democrática. Se castiga sin levantar la voz, con una frase de cortesía, con una sonrisa educada y un decreto breve.

Hay abusadores en el Estado que usan el poder para hacer daño. Lo terrible no es que existan, sino que se sorprendan cuando descubren que la política también es ajuste de cuentas, solo que con guantes blancos y paciencia larga. Y entonces entienden —cuando ya es tarde— que un político puede perdonar que le hieran la vanidad, pero jamás perdona que le toquen la sangre. Porque la vanidad se cura con aplausos; un hijo, no.

Demuéstrame que estoy equivocado.

Posted in DE UNA SENTADA

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