Los nuevos mesías de la comunicación

Hay una fauna nueva en la política. No militan en partidos ni pisan demasiado los pasillos del Congreso, pero dictan el clima del día desde un estudio con micrófono azul y luz tenue. Son los nuevos mesías de la comunicación. Viven de la rumorología, que casi siempre no aporta nada a la discusión, pero sí mucho a la caja registradora.

El rumor es un animal agradecido: no exige pruebas, solo entusiasmo. Se lanza, se comparte, se comenta. En plataformas digitales crece como la mala hierba y, cuando quiere uno darse cuenta, ya es tendencia. En su canal de YouTube, el nuevo profeta político se inclina hacia la cámara, baja la voz y anuncia que “le han contado” algo grave. No importa que no haya documentos ni fuentes identificables. Importa que haya clics.

Mientras tanto, el presupuesto nacional empieza a desviarse hacia estos púlpitos electrónicos. La comunicación seria, la de periódicos y noticiarios que se basan en información veraz, mira las cifras de publicidad como quien mira una nevera vacía. Se deprimen, claro. Investigar cuesta tiempo, dinero y paciencia. El rumor, en cambio, solo necesita una conexión estable y una imaginación ágil.

Hay algo inquietante en esta escena. El Gobierno, al alimentar a estas voces con contratos opacos o publicidad discrecional, puede estar criando un monstruo. Hoy aplaude. Mañana señalará. Y cuando el monstruo descubra que atacar a los propios funcionarios genera más visitas que defenderlos, no dudará. Porque el negocio no entiende de lealtades, solo de métricas.

No se trata de negar que en el ecosistema haya periodismo serio. Lo hay, y mucho. Reporteros que contrastan, que dudan, que corrigen. Pero la agenda diaria del país empieza a marcarla quien grita más fuerte, no quien demuestra mejor. Y eso tiene consecuencias. Si el debate público se construye sobre sospechas sin sustento, la política se convierte en una novela de intrigas donde todos parecen culpables y nadie es responsable.

Quizá dentro de unos años miremos atrás y entendamos que el problema no era la tecnología, sino la prisa. La necesidad constante de escándalo. Los nuevos mesías seguirán recibiendo sus pagos debajo de la mesa o delante de ella, porque el negocio funciona. La pregunta es si el país también funcionará cuando el rumor sea ley y la verdad, una rareza incómoda.

Demuéstrame que estoy equivocado…

Posted in DE UNA SENTADA, OpinionesEtiquetas

Más de opiniones

Más leídas de opiniones

Las Más leídas