Los partidos águila

Existen partidos en el país que no tienen ideología sino instinto. No caminan, planean. No discuten programas, olfatean el aire. Son los partidos águila: los que en cada proceso electoral vuelan hacia donde creen que está el calor, el presupuesto, la sombra cómoda del poder. No bajan al suelo a mancharse los zapatos porque no lo necesitan. Les basta con extender las alas en el momento justo.

Estos partidos no exigen un acuerdo de gobierno. No preguntan por educación, salud o justicia.

Preguntan por cargos. Por nombramientos. Por diputaciones. Por direcciones generales con aire acondicionado y firma autorizada. Su política es contable: cuántos puestos, cuántos asesores, cuántos vehículos. El resto es ruido.

Viven del presupuesto nacional como una especie protegida. Este año recibirán 38 millones para no hacer nada, que no es exactamente cierto: harán lo de siempre, esperar. Esperar al ganador, esperar al mejor postor, esperar a que alguien los necesite para completar una suma electoral. Son partidos bisagra sin puerta, llave sin cerradura, peso muerto con precio fijo.

A veces uno se pregunta si en otros países ocurre lo mismo, si también existen partidos con tantos privilegios y tan pocas responsabilidades. Si la democracia en todas partes es igual de cara o si aquí hemos decidido pagar más por menos. Porque no solo están los partidos águila, también están los candidatos que les venden proyecciones al futuro, gráficos inflados y promesas matemáticas que terminan en un acuerdo silencioso: si sacas tantos votos, parte del dinero que te dé la Junta Central Electoral acabará en tu bolsillo.

El problema no es solo el dinero. Es el vacío. Un vacío político que se va llenando de cansancio, de desconfianza, de una sensación persistente de engaño. Y los vacíos, como se sabe, no permanecen mucho tiempo vacíos. Al final los ocupa alguien. A veces un desconocido. A veces alguien sin experiencia.

Casi siempre alguien cargado con el mismo odio que la sociedad ha ido acumulando, como polvo debajo de la alfombra.

El país tiene que revisar a esos partidos y sus privilegios. No por moralismo, sino por supervivencia democrática. Porque una democracia débil no siempre se rompe en silencio. A veces estalla. Y cuando lo hace, nadie recuerda quién estaba volando tan alto.

Demuéstrame que estoy equivocado.

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