Nadie quiere hablar de la guerra

Nadie quiere hablar de la guerra. No aquí, al menos. Aquí la guerra es un murmullo lejano que se cuela en el precio del arroz, en la gasolina que sube como si tuviera voluntad propia y en el gesto torcido del colmadero cuando te da el vuelto. Nadie quiere pronunciarla en voz alta porque decir “guerra” es aceptar que ya llegó, aunque no haya bombas ni sirenas.

Los políticos locales esquivan el tema con una elegancia que ya es rutina. Se habla de crecimiento, de turismo, de cifras bonitas que caben en una rueda de prensa. Pero la guerra no entra en esos discursos. No luce bien. No suma votos. Escuché a uno mencionar Petrocaribe, como quien recuerda una canción vieja sin saber bien la letra. Lo dijo por decir algo, por llenar un silencio incómodo. Pero cada época tiene su propio cinismo, y este no es tiempo de generosidades petroleras ni de liderazgos regalados. Como dijo Julio Martínez Pozo, no aparecerá ningún loco dispuesto a repartir la riqueza de su país para ganar influencia. Los locos ahora hacen otras cosas, más peligrosas y menos románticas.

Mientras tanto, la guerra se traduce en detalles domésticos. Mi barbero, que nunca ha leído Andy Dauhajre, ya me advirtió que el próximo corte me costará dos mil pesos. Lo dijo sin drama, como si estuviera anunciando la lluvia. Y ahí entendí que la guerra sí está aquí, en la tijera que sube de precio, en la conversación cotidiana que empieza a girar en torno a lo que ya no alcanza.

El presidente habló del tema con responsabilidad, eso hay que decirlo. Midió las palabras, evitó el alarmismo, intentó colocar serenidad donde empieza a faltar. Pero la serenidad no paga la compra. No detiene la subida del costo de la vida. Y en algún momento habrá que decir algo más incómodo: que no todo puede seguir igual.

Quizá haya que revisar a quién se subsidia y por qué. Porque si el ciudadano está apretándose el cinturón, resulta difícil explicar por qué algunos sectores siguen recibiendo ayudas como si nada pasara. Tal vez el verdadero problema no es que nadie quiera hablar de la guerra, sino que cuando por fin lo hagamos, ya será demasiado tarde para que no nos pase factura.
¡Demuéstrame que estoy equivocado!

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