Vengo de un pueblo del sur donde la Navidad no se anunciaba con luces estridentes ni con ofertas, sino con gestos pequeños que lo decían todo. Éramos una familia humilde, de valores religiosos firmes, y en diciembre la casa se transformaba. No era más grande ni más rica, pero sí más cálida. Mi abuela se encargaba de eso. Mandaba pintar la casa como si el color nuevo pudiera renovar también el ánimo, y en la sala colocaba el arbolito de Navidad junto al pesebre. Allí estaban el Niño Jesús, José y María, y a los lados los Reyes Magos, pacientes, eternos, como si custodiaran algo más que figuras de barro.
Mi madre compraba ropa nueva para estrenar el último día del año. No era vanidad, era esperanza.
Estrenar significaba empezar bien. En el radio primero, y luego en la televisión, sonaba música navideña que parecía limpiar el aire. No recuerdo malas noticias en esos días. Tal vez las había, pero no entraban a la casa. La Navidad tenía esa virtud: dejarlas afuera.
La cena era sencilla y generosa. Pollo horneado, cuyo secreto nunca aprendí, ensalada rusa, pasteles en hojas, dulces, uvas y manzanas. Los vecinos se enviaban platos como quien se envía afecto, y mi abuela hacía lo mismo. La mesa se llenaba de voces, de risas, de silencios cómodos. La familia reunida entendía, sin decirlo, que esa noche importaba más que muchas otras del año. La Navidad era una pausa, un acuerdo para estar bien.
Con los años, el país cambió. Cambió demasiado. Yo sigo siendo el mismo. Extraño a mi abuela. Ella sabía que la Navidad no era solo comida ni adornos, sino una forma de cuidar a los demás, de recordar que pertenecíamos a algo.
Luego me tocó a mí hacerme cargo de mi familia. Llegué a la ciudad con mis tradiciones intactas y traté de sostenerlas. No fue fácil. El hombre de ciudad vive de prisa, celebra distinto, a veces celebra poco. Pero cada uno vive la Navidad según su crianza y sus valores.
Este 2025 la familia volvió a crecer. Nació mi primer nieto, Armando Enrique. Hacía mucho que no comprábamos un árbol de Navidad. Este año volvió a la casa. Armando aún no se para frente a él, no entiende su brillo ni su significado, pero el árbol está ahí, como un anuncio silencioso de lo que viene.
No sé qué nos traerá el próximo año. El mundo ha cambiado y seguirá cambiando. Pero los sentimientos permanecen. Ojalá sepamos acercarnos otra vez, aunque sea un poco, a ese espíritu de Navidad que marcó mi infancia y que aún, pese a todo, sigue esperando.
