No milito en ningún partido político

Y no por apatía ni por esa comodidad cínica de los que miran desde la barrera mientras el país se incendia. No milito porque ya no creo en los partidos. No creo en sus líderes, en sus programas ni en su retórica gastada. No milito porque lo que hoy llaman militancia es, en muchos casos, sumisión. Y porque prefiero la dignidad del margen a la deshonra del aplauso fácil.

Durante años creí —ingenuamente, lo admito— que los partidos eran herramientas de transformación, vehículos para construir algo mejor. Pero la realidad se encargó de desmontar esa ilusión con una crudeza brutal. He visto a personas que admiraba convertirse en ladrones profesionales con el pretexto de servir al pueblo. He visto a partidos encubrir a sus corruptos con la complicidad vergonzosa de quienes callan por miedo a quedarse fuera del reparto. Y lo he visto en todos los partidos, sin excepción. La corrupción ya no es un error: es el sistema.

Los partidos no se depuran porque no quieren. No se limpian porque les resulta más rentable mantener el lodo que arriesgarse a quedar vacíos. No importa si el pasado de un candidato está manchado: mientras sume votos, será bienvenido. El mensaje es claro: todo se negocia, incluso la vergüenza.

El resultado es una democracia degradada. Un cascarón vacío donde las urnas se llenan, sí, pero de resignación. Donde la gente vota sin convicción, por miedo, por descarte o por simple inercia. Y cuando la democracia se convierte en trámite, la ingobernabilidad es inevitable. Ya pasó en Bolivia, en Perú, en Argentina. Está pasando aquí.

No milito porque no quiero ser parte de esa farsa. Porque no me interesa aprender el arte de sonreír mientras me trago un sapo. Porque no nací para repetir consignas ni para defender lo indefendible.

Porque no creo en líderes que un día son enemigos acérrimos y al siguiente, socios estratégicos. A eso le llaman pragmatismo; yo prefiero llamarlo por su nombre: oportunismo, si no es que simple traición.

Me gusta la política, sí. Me apasiona el debate, la confrontación de ideas, la posibilidad —todavía posible— de imaginar un país distinto. Pero no confundo eso con ser militante. No me interesa pertenecer a un rebaño. No necesito una sigla para tener principios ni un comité para tener voz. La conciencia no se terceriza.

Dicen que es fácil criticar desde fuera. Que es más cómodo no ensuciarse. Yo les digo que no hay nada más difícil que mantenerse solo, sin cargo, sin tribuna, sin jefe que te celebre. Que es más duro sostener una crítica cuando todos aplauden, más doloroso decir “no” cuando el resto se vende por una silla. Pero vale la pena. Porque uno duerme tranquilo. Porque uno se reconoce en el espejo sin bajar la mirada.
No milito porque no quiero convertirme en lo que desprecio hoy. Porque la política, en su esencia más pura, no debería ser un mercado de lealtades en el que se intercambian principios por ambiciones. Debe ser, en cambio, un espacio noble donde las ideas y los valores se confronten y eleven al ser humano. Si algún día los partidos renacen de sus cenizas, si logran recuperar esa pureza de vocación transformadora que prometían, podría reconsiderar mi postura y, tal vez, me encontraría en sus filas.

Demuéstrame que estoy equivocado.

Posted in DE UNA SENTADA

Más de opiniones

Más leídas de opiniones

Las Más leídas